IMG_7505Ayer estuve en el Salón MotoMadrid, el Salón Comercial de la Motocicleta que se celebra los días 24, 25 y 26 de marzo en el Pabellón de Cristal – Recinto Ferial Casa de Campo – Madrid. Nunca había acudido a una cita así. Recogí a Enrique en su casa y antes de las cuatro de la tarde ya estábamos en la cola para comprar las entradas. Había bastante gente, pero no hasta el punto de despertar esa especie de angustia que me entra en los sitios en los que no se cabe. Mayores, medianos y pequeños. Todo tipo de gente: moteros, motoristas, familias, niños y niñas, y paseantes.

Recorrimos la práctica totalidad de espacios preparados por los expositores. Unos vendían parches, otros vendían pantalones, otros vendían motos y otros no vendían nada. Entre todos me llamó la atención uno, que no vendía ni parches ni pantalones ni motos. Ese tipo vendía ilusión. Se llama Miquel Silvestre, que dio una charla sobre sus proyectos. Pude oír bien poco por el exceso de gente agolpada contra las primeras filas, pero no me importó demasiado.

De entre los expositores que vendían motos –o no vendían motos- destaco unos cuantos. En primer lugar, Royal Enfield, marca de 1909 que continua haciendo preciosas motocicletas de media cilindrada. Me parece que son motos con mucho estilo, con una personalidad muy acentuada, elegantes, camperas y urbanas a la vez, que han sabido modernizarse y mantener el rollo vintage, que diría cualquier teenager. Nunca he conducido ninguna y realmente me encantaría dar una vuelta por ahí con cualquiera de sus modelos.

Yamaha y Honda, dos marcas japonesas que no fueron, como Ducati, las que más pagaron por metro cuadrado de superficie. Dos marcas que escalan compitiendo por la inclusión de tecnología punta en sus máquinas. Ducati, creo, pelea por el estilo y no parece poner acento en la tecnología, que lo pone, pero sigue vendiendo estilo e italianeidad.

Indian. Menudas motos! Chief y Scout, las dos “pequeñas”, rodeadas por sus hermanas mayores como las Roadmaster, Fue un espectáculo velas todas juntas, sentarme en ellas, palpar su historia desde 1901.

BMW y sus caballos. Enormes motos y enormes motores. Esa moto ideal para cuando me vaya –soñar es gratis- a Armenia, Georgia y Azerbaiyán. Impresionante tecnología guiada por manillares de 22 mm, como el mío.

Y las Harley-Davidson, claro. También fue espectacular verlas todas juntas, desde las grandes hasta las pequeñas. Ayer estaba entronizada la nueva Street Rod. Dejando aparte las motos más grandes, que no son para mí, me probé todas las demás. Quería comprobar algo y lo comprobé. El lector sabe que yo tengo una Street XG750, la primera de la nueva familia en la que se integran la Street 750 y la Street Rod. Bien, pues quería comprobar la postura, el manillar, los pedales… la sensación. En seco, pero la sensación. Me ha parecido que la Street XG750 es una Harley-Davidson como las demás. Tiene el motor más pequeño de la marca, no es la más estrecha ni es la más larga. Pero creo que es una dignísima moto. Comparada con las otras motos a las que ayer me subí, las calidades son superiores a muchísimas de ellas y semejantes a las de sus hermanas mayores.

Digo todo esto porque sigo encontrando gente que desprecia, que se ríe, que perjura, de este modelo nuevo. La mayor parte de ellos dicen que no es una Harley-Davidson. Que es una moto fabricada en la India y para los indios. Que está toda llena de plásticos, que tiene un radiador y se refrigera por agua, que no vibra. Que no es una Harley-Davidson de toda la vida. Yo creo que, en los tiempos que corren, una de las mejores cosas que se pueden hacer es abrir la mente, aceptar los nuevos paradigmas y no encerrarse en que lo único bueno y auténtico es lo de cada uno. Si no fuese así no entendería esa parte de la Misión, Visión y Valores que Harley-Davidson tiene formulada, que dice algo así como que sus motos están concebidas para las rectas carreteras y autopistas. Porque a ninguno que conozca, o que no conozca, que poseen una Harley-Davidson de las de toda la vida, les gusta rodar por ese tipo de carreteras. Veo enormes Harley-Davidson por carreteras de montaña, por puertos, por carreteras nacionales, por carretiles perdidos. Motos que no caben por algunas carreteras de asfalto deshecho. Y me parece muy bien porque cada uno hace lo que quiere, o lo que puede. Harlista, motero, motorista, viajero, aventurero… es posible que estas palabras no sean sinónimas.

Ya nos íbamos. Tras un rico bocadillo de jamón -no hubiera pasado nada si hubiera tenido un poco de tomate y aceite- nos fuimos. Mira que le había dicho a mi mujer que iba a ver a Miquel Silvestre, que a ella le encanta, y me iba sin haberle podido saludar. Pero bueno, no siempre se puede hacer todo lo que uno quiere. Bajamos las escaleras para dirigirnos al coche. Y nos lo encontramos de casualidad. Estaba hablando con algunas personas. Me acerqué, le hice un gesto con la mano como pidiéndole un segundo. Entendió el gesto y me aceptó. Le dije: -un minuto para mí, que soy de Talavera. Hicimos un par de fotos y nos fuimos.

Algunos dicen que Miquel es un graciosillo. Otros dicen que no está bien, que hacer esas cosas que hace… A mí me parece que Miquel Silvestre tiene el don de pasar por encima del miedo, por encima de las convenciones, por encima de corbatas y despachos. Sabe ver las cosas de otra manera. Creo que lo que hace es muy difícil. Un tipo que renuncia a una vida más que segura por perseguir su sueño, a mí, me merece todo el respeto y admiración.

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