Más espacio en el corazón

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La Maltratada y la Carabela

No voy a hacer una crónica de la XI edición de la quedada maraudera. He pensado que es mejor no hacerlo y dejar a los más expertos, que los hay, en contar todo lo que hemos sido capaces de vivir estos días de experiencia. Hay tantas cosas que decir y tantos agradecimientos que hacer que no me siento en condiciones de intentarlo. Por eso, amigos, no voy a hacer esa crónica. Pero lo que sí que voy a hacer es escribir sobre lo que yo he vivido, lo que he visto y, sobre todo, lo que he sentido en una oportunidad como esta.

A mí me gusta escribir mirando para adentro y soy consciente de que esta circunstancia no levanta pasiones. En realidad, no escribo para levantar pasiones ni vender ejemplares de mi libro (de mi blog). Alguien me lo echó en cara una vez: pues muy mal porque todos tenemos derecho a leer lo que escribes, y tienes que hacerlo así y asá y tal… No lo entrecomillo porque hacerlo sería injusto ya que no recuerdo bien las palabras -aunque las podría buscar-. Aquella persona se equivocaba. Yo escribo de esta forma, y ya está. Me acurruco en un escondite que tengo en el corazón. En ese escondite estoy a gusto y es cuando me siento ante una pantalla en blanco y entonces surge un borbotón que no para hasta que acabo. Normalmente escribo de un tirón. Por lo que, querido lector, aquí no encontrarás la crónica de la quedada. Aquí encontrarás, simplemente, un ramillete de cosas intrascendentes, que reflejan ese camino que estoy haciendo para llegar a escribir de casi nada, que es mi auténtica meta literaria (lo de literaria es, evidentemente, un espejismo).

Toreando al tiempo

La tormenta uno, la del sábado por la mañana, terminaba a las siete de la mañana. Yo salí de casa, ya enmotado, a las seis y veinticinco y llegué a la Scozor Square a las siete y cuarto. Pasé por debajo de esta primera tormenta pero no por su panza, sino por su alargo occidental. Lo suficiente como para asustarme y volver a pensarme lo del viaje si aquello no paraba. Y paró. En el nudo norte ya no llovía y, al llegar a los Arcos, miré para atrás y saqué el pañuelo de despedida. El problema había acabado para el resto del día. El sábado fue un auténtico día de gloria. Sol, fresco, calor, más fresco, más calor, algunas nubes y más sol.

La tormenta dos es la que nos iba a acompañar a la vuelta. Hasta tal punto que, en cada parada, decidíamos el siguiente tramo basándonos en lo que veíamos, en el instinto y en los mapas de Fende.

Viajando en la ventana, sin perder de vista el rumbo ni la velocidad ni la trasera de la tormenta. De hecho, se puso a llover a lo loco y a tronar una vez que salimos de Monfarracinos. Delante, arriba, las nubes grises molestaban a mis ojos y, no conformándose con eso, también tenían intención de fastidiarnos los neumáticos y nuestros cueros. En todo momento acertamos en las decisiones. Lo pude ver con claridad muy al final del viaje de vuelta, una vez llegado a Torrelaguna. La tormenta estaba sobrepasando el espacio que hay entre Alcalá de Henares y la capital de España. Yo, entonces, permanecí detrás todo el tiempo y solo recibí una gotita pequeña que se le escapó sin darse cuenta a la buena mujer. Ni un mal suelo mojado que llevarme a los Scorcher.

La carretera

Autovías, nacionales, autonómicas, locales… y caminos sin asfaltar. De todo hay en la viña del Señor. Nosotros, aguerridos moteros y rudos aventureros, preferimos de nacionales para abajo. Una autovía solo es un conducto por el que fluye el tráfico de la gente que quiere ir de un sitio a otro, normalmente en un coche. La extensión de vías de alta velocidad en nuestro país ha conseguido dos cosas claras: terminar de matar la vida de los pueblos y dejar vacías las carreteras que llegan hasta ellos. Por eso es que en este viaje no hemos encontrado tráfico. A la vuelta, cerca de Madrid, sí hemos encontrado algo, pero poco para ser un domingo por la tarde.

Ir sin tráfico me hace ir más a gusto y tranquilo, aunque también puede causar algún exceso de confianza, por lo que hay que tener cuidado. Salir de Madrid -o entrar- es, obligatoriamente, pisar una autovía. Eso fue lo que hicimos para irnos, pero tomamos la antigua Nacional VI en cuanto se presentó la ocasión. Y así, hasta el destino zamorano. Las carreteras de España y las motos matrimonian muy bien, a mi gusto.

La vestimenta

La clásica pregunta: ¿cuero o cordura? Va a llover, no va a hacer frío, con una camiseta basta, las botas buenas, el cubrepantalón… pero todo se centraba en si llevar la chupa de cordura o la de cuero. Curiosamente coincidimos Enrique y yo con el cuero (hago mención a Enrique porque juntos hicimos la ruta de ida) aunque vimos que Javi también optó por la opción más molona, al igual que otros de los asistentes a la quedada maraudera, que ha sido el acontecimiento que refiero en estas líneas. La cazadora de cuero y una camiseta han sido suficientes. Me han defendido del frío de la ida -del poco frío de la ida- y del de la vuelta, que en Valdelavía se paseaban nueve grados vespertinos. Un acierto el cuero.

Los compañeros

Durante la estancia en Monfarracinos he podido disfrutar de la compañía de tanta gente buena, gente realmente hermosa, personas con alma y corazón que regalan sin preguntar, sin pedir y sin medir. Vaya gente los marauderos. Joder.

Por otra parte, he de decir que hacer una ruta en solitario no es lo mismo que hacer una ruta acompañado. A mí me gustan las dos cosas. En esta ocasión, la ruta de ida la hemos hecho entre dos y la de vuelta entre cuatro. Y ha sido estupendo en ambas ocasiones. A la ida, Enrique y yo llevamos nuestros intercomunicadores. Los emparejamos, los apareamos debidamente en Madrid, y ha sido una sorpresa. Yo había utilizado hasta ahora el intercomunicador solo para recibir llamadas telefónicas: va todo bien, por dónde andas, te duele la cabeza, ves bien… pero en esta ocasión ha sido fantástico poder hablar con la otra persona. Vas hablando, vas callado. Mira eso, a las nueve, mira qué pedazo de águila. Ojo con esa curva que no me ha parecido gustar. Te va a adelantar el coche blanco. No, no paramos que tienes gasolina suficiente. Te has vuelto a equivocar. En fin, mil cosas. Y es que en esta ocasión he viajado con una persona, Enrique, que ha actuado como Ángel de mi guardia. No estoy a plena capacidad visual y él ha sido mi Lazarillo. Él no lo sabe -no se lo digáis que luego se pone modoso- pero si no es porque él venía, me lo hubiera perdido. He confiado ciegamente. Por otra parte, decir que él me ha tenido que aguantar en unas cuantas ocasiones. Ese es el precio de ser amigo mío.

Javi y Víctor. A la vuelta hemos sido cuatro motos. Javi tiene un problema con su moto, un problema que no tiene solución, y es que es tan preciosa que el motero pasa desapercibido. Víctor, el hombre ponderado, ha completado este cuarteto con su quietud y su conducción fiable. A mí me ha aportado confianza sin él saberlo, sobre todo en las curvas, en las que me fijaba en el distanciamiento entre ambas monturas. Genial.

La historia

La historia. La historia hecha piedra. La historia de piedra que permanece de pie ante los ojos de propios y extraños que contemplan como los años, las centurias e incluso los milenios pasan por delante sin despeinar la recia arquitectura ibérica. En este viaje he conocido nuevas cosas viejas. Mire el lector que es difícil -modestamente hablando- que yo acabe conociendo nuevas cosas viejas, pero así ha sido, y por ello estoy agradecido. Me ha encantado repasar la historia olvidada y resucitar en mi interior aquellos motivos que me llevaron a licenciarme en Historia del Arte.

Madrigal de las Altas Torres. Allí nació Isabel de Castilla, Isabel la Católica, que se casó en 1469 con Fernando de Aragón, la promotora en la sombra, el cerebro gris, del hallazgo de Cristóbal Colón por aquellos mares. Vino al mundo en lo que hoy se llama Monasterio de Nuestra Señora de Gracia, Palacio Real de Juan II o casa natal de Isabel la Católica, donde vivió muchos de los cincuenta y pocos años que Dios le regaló. Lo cierto es que este palacio del siglo XIII, impresionante edificio por lo que significa, guarda en su interior el lugar en el que se reunieron por primera vez las Cortes de Castilla.

Aclaro que yo soy del tipo de tontos que se puede emocionar contemplando cosas como las que aquí describo. Hay gente que se emociona con la copa de la Champions pero a mí me gusta traer a mi presente tanta gente que le echó huevos a la vida, tanto si han pasado a la historia como si no. Gente que ha vivido entregada a su misión de gobernar un imperio o gente humilde y agustina que se dedica a explicarnos a los turistas cómo fue la vida de aquellas otras gentes lejanas en el tiempo. Admirable.

Fernando III de Castilla (y también de León), Fernando III el Santo, al que la Berenguela le fue a nacer en 1199 estando de viaje y a su paso por Peleas de Arriba (Zamora), en el sitio de Valparaíso, lugar en el que, siendo ya rey, mandó construir un enorme cenobio del que no queda ni una sola piedra. Solo un pequeño castillete moderno en el que, cada año, la Infantería de Marina le rinde homenaje.

San Pedro de la Nave. Sí, de nuevo. Me encanta conocer y me encanta reconocer sitios. Como ya escribí, “y de la mano del hombre de hace mil trescientos años, San Pedro de la Nave, de ese visigodo trasladado que impresiona, que quita el habla y deja sitio al silencio y al recogimiento. Y la filigrana capitelina de Daniel en el foso de los leones, que nos habla de cultura bíblica de una manera exquisita”. En nuestros días hablamos de obsolescencia programada, una de esas expresiones cursis y molonas que si dejas de lado es que no estás en lo que hay que estar. Yo opino que la obsolescencia programada la inventaron los constructores de San Pedro de la Nave. Juraría que a la conclusión de las obras se sentaron a la sombra de una encina y dijeron: esto tiene que durar dos mil años. Y va camino de ello…

Castillo de Villanueva de Cañedo. El Castillo del Buen Amor, renacentista pero con orígenes medievales, allí, entre las dehesas de Topas, solo, asilado, defensivo por el sur por si vienen los malos, con su foso… y su laberinto. Allí estuvo hospedado el mismo Rey Católico, camino de la batalla de Toro. Hoy, esta construcción, que alberga un precioso hotel, pertenece a la familia Fernández de Trocóniz. Soy de la opinión de que si queremos conservar un edificio, lo mejor es darle un uso. Los edificios de derruyen cuando no se usan.

Alba de Tormes. Del río Tormes. Pueblo de repoblación, de esos pueblos que los reyes se empeñaban en llenar de vecinos una vez arrancados de manos sarracenas. Un pueblo cargado de historia como pocos. Pero yo voy a pasar por encima de toda esa historia y me voy a centrar en una sola cosa: la Santa. Teresa de Jesús fundó allí su octavo convento en 1571, la octava casa del Carmelo. Y allí murió. Y allí están sus restos. Están sus restos descontando los cincuenta y dos brazos incorruptos y perfectamente identificados que hay esparcidos por Europa. No me interesa la incorrupción, como se figurará el lector. Me interesa la figura de Teresa Sánchez. Una mujer imparable, mística, campesina y urbana, mujer arremangada, persona de los caminos y de los pucheros, del esfuerzo personal, maestra de vida y de oración. Están sus restos en el centro del retablo que pudimos contemplar menos de dos minutos porque las señoras que cuidan del convento tenían que devolver la llave a las monjas ya que era la hora de estar comiendo. Pero pude verlo. Ya conozco suficientemente el lugar en el que nació Teresa pero no conocía el lugar en el que murió, por lo que he completado un ciclo. Por eso no me resta, en este asunto, más que callar y contemplar, y volver a leer en silencio, en silencio interior, esto que transcribo a continuación:

“Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda;
la paciencia
todo lo alcanza;
quien a Dios tiene
nada le falta:
Sólo Dios basta.

Eleva tu pensamiento,
al cielo sube,
por nada te acongojes,
nada te turbe.

A Jesucristo sigue
con pecho grande,
y, venga lo que venga,
nada te espante.

¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana;
nada tiene de estable,
todo se pasa.

Aspira a lo celeste,
que siempre dura;

fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.

Ámala cual merece
bondad inmensa;
pero no hay amor fino
sin la paciencia.

Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
todo lo alcanza.

Del infierno acosado
aunque se viere,
burlará sus furores
quien a Dios tiene.

Vénganle desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios tu tesoro
nada te falta.

Lo que queda

Lo que queda, lo que me ha quedado. Me he dejado en Madrid dos partes de mi motería: Darix y Jumento. Tengo más partes moteras en Madrid pero destaco hoy estas dos, especialmente Jumento, aunque a Darix se le hubiera hecho el culo calisay viendo lo que hemos visto. Jumento, el corazón de los moteros nobles. Me ha quedado el cansancio de la satisfacción personal. Me ha quedado un poco más de experiencia motera, me quedan un montón de olores a jara y a mierda de vaca, a puerto de montaña limpio y a trigo malparido y moribundo. Me quedan mosquitos de varias nacionalidades en el casco. Pero, sobre todo, lo que me queda es más espacio en el corazón para mis amigos.

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Hospital de la Purísima Concepción (Madrigal de las Altas Torres)
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Claustro del Monasterio de Nuestra Señora de Gracia (casa natal de Isabel de Castilla)
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Sitio de Valparaiso
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San Pedro de la Nave (El Campillo)
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La segunda conjugación motera
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El Castillo del Buen Amor (Topas)
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Puente sobre el Tormes (Alba de Tormes)
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Selfie de Santa Teresa de Jesús (Alba de Tormes). Mi hija pequeña se llama Teresa de Jesús
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Aquí yace la Santa

 

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