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La Peña de Francia

Esto de hoy, querido amigo, es una primera aproximación a lo que me ha pasado este fin de semana. No he asimilado casi nada todavía y no sé si voy a ser capaz de asimilarlo. Por ello, he escrito estos párrafos sin estar seguro de si seré capaz de contar lo que he visto, lo que he oído y lo que he sentido.

La subida nocturna a la Peña de Francia

De noche. De noche los seis. Tras comprar bocadillos en La Alberca para cenarlos en lo más alto de un arriba desconocido. Frío y sombra. Sombra de luna incompleta velada por rasgos blanquecinos que adornan el cielo estrellado de Salamanca. Frío, o fresco, no sé. Mosquitos por legiones. Helechos, pinos, robles, encinas y castaños escoltan nuestras motos en la pendiente. La carretera cambia a cada tanto y aparecen algunas revueltas. Se adivina un barranco. Se adivina otro barranco. Aire. En el silencio de la noche oigo mi motor, solo el mío. Subiendo en primera y subiendo en segunda. El calor de la Iron desaparece nada más salir. El faro ilumina poco y mal, y está algo ladeado a la derecha. Esta Harley tiene un foco de mierda. Solo una moto delante de mí para facilitarme la visión, que por la noche puede ser complicada. Las otras tres motos vienen detrás, a cierta distancia. Proclive guía con prudencia, guía para mí.

El amanecer

A las siete menos unos tantos salí al exterior. Salí tras robar un zumo de piña de la cafetería de la hospedería. Fue un robo confesado con antelación. Furtivo. Fuera hace algo de aire, pero se para; pero sopla. El aire hace lo que quiere, como Dios manda. Descubro que aquello es un reloj de sol y que hay unas cuantas dianas apuntado a los pueblos cercanos. Entre las nubes aparece una franja anaranjada que no encuentra manera de abrirse paso. ¿El norte o el este? El sol se empeñó en salir por el norte, justo por Salamanca capital. El sol hace lo que quiere, como Dios manda. Sale Fendetestas, que viene con el casco en la mano. Juntos vemos la odisea solar contra las nubes. Ya la claridad va ganando a la tiniebla. Dice de ir al pueblo a desayunar porque en la hostería abren a partir de las nueve y cuarto. Ha quedado con Proclive. Yo no tenía ganita de ir, pero él sí. Fendetestas hace lo que le da la gana, como Dios manda. Aparece Proclive con su casco y terminamos de dar el visto bueno a la amanecida, que ha dejado al descubierto lo que había bajo el refajo charro. A desayunar al pueblo se ha dicho. Y yo, que no tenía intención, me apunto al asunto. Proclive hace lo que le da la gana, como Dios manda.

La bajada y la subida del desayuno

Arrancar una Harley-Davidson a casi mil ochocientos metros de altitud en un lugar donde la resonancia tiene cierto protagonismo no deja de ser un atrevimiento. Buf! Arrancados los tres, tomamos ruta cuesta abajo. Poco a poco. Y antes de los dos primeros kilómetros de aire fresco ocurrió que nos encontramos con una manada de cabras montesas en la carretera. Estaban hablando de sus cosas, claro. Las cabras, ya se sabe lo que son. Lentamente redujimos la velocidad, pero en un momento, las cabras salieron en desorganizada estampida. Las que no acertaron con la dirección correcta tuvieron que volver a atravesar la carretera. Algunas de ellas rozaron el guardabarros delantero de la Cabezota. Fue un espectáculo impresionante ver a esos cuarenta o cincuenta individuos en plena estampida. Las cabras montesas hacen lo que quieren, como Dios manda. El resto de la bajada fue protagonizado por el olor del monte, por las vistas a los cuatro costados de la montaña y por el hambre de los tres moteros. Tras desayunar en La Alberca y subir de nuevo a la Peña, nos encontramos con Darix, Leif y Noe, nuestros amigos. Nuestros amigos hacen lo que quieren, como Dios manda.

Las Batuecas

Nos tiramos cuesta abajo por la carretera que lleva al Parque Nacional. Literalmente nos tiramos cuesta abajo donde nos encontramos con diecitantas revueltas. El desnivel era muy acentuado y el paisaje… el paisaje era insuperable. Yo he notado que empiezo a tener un problema: cada vez que voy a un sitio nuevo o a un sitio del que no me acuerdo me parece que ese es el sitio más bonito del mundo. Es que el lector no puede imaginarse lo que era aquello. Una cantidad enorme de pinos, de encinas, de robles, de castaños. Un valle profundísimo y, abajo del todo, una vez más, el silencio. El silencio de un monasterio de vida contemplativa de los Carmelitas. Un recinto dedicado al silencio en un valle de silencio solamente roto por el borbotoneo del agua del arroyo. Agua cristalina, agua pura, agua de vida que sale de la tierra para todos nosotros, como la oración de los carmelitas. Y es que los carmelitas, seguro, hacen lo que les da la gana, como Dios manda.

Mis ochocientos kilómetros

Esa ha sido la medición. Recuerde el lector que vivo a cincuenta kilómetros más que los otros, tanto para ir como para volver, por lo que siempre llevo cien de más que los demás. La Cabezota es realmente cómoda. Me da muy poco dolor de culo. Puedo mover las piernas y pasar de los mandos intermedios a las estriberas avanzadas con facilidad. El día anterior a la salida hinché los neumáticos correctamente y cierto es que lo he notado un montón porque la moto se pone en modo obediente. Llevar el equipaje atado al respaldo -sí, sí, ya tengo respaldo- no me ha gustado. He ido todo el rato con la neura de que se me iba a caer, pero no por perder pertenencias sino por no provocar un accidente. El consumo, creo, es aceptable, y se ha situado en el entorno de los cuatro litros y muy poco cada cien kilómetros.

Los compañeros de ruta

Fendetestas y Noe, Leif Sagas, Darix y Proclive, junto con un servidor, somos los que hemos hecho este viaje, esta aventura, este reto. De vez en cuando organizamos una ruta larga. Las rutas largas las cocinamos a fuego lento ya que pueden pasar meses desde que salta la chispa hasta que el cordero está bien hecho. Otras veces, si se trata de dar un paseo, se cocinan y emplatan en menos de quince minutos. Es fácil tener un grupo de amigos así. Mejor dicho, es fácil ser amigo de gente así. Yo creo que somos un grupo heterogéneo en muchas cosas, con edades diferentes, gustos dispares. Pero me parece que todos coincidimos en una idea básica fundamental, y es que todos, cada uno a su manera, sabe que lo más importante es que sabemos que lo más importante es lo más importante. Esta circunstancia es el catalizador invisible que hace que todo, siempre, vaya bien. Todo va bien cuando las cosas van bien y todo va bien cuando las cosas van mal. Todo va bien siempre y todos hacemos lo que nos da la gana, como Dios manda.

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