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La Cabezota ante el Nuevo Baztán

El tiempo se equivoca

Estos días parece que hace fresco… Mientras las webs meteorológicas y las apps que ofrecen información sobre el tiempo hablan de cuatro grados a las diez de la mañana, la realidad se presenta avasallando y en mi terraza, el termómetro de toda la vida, dice que son cuatro bajo cero. Es decir, hay ocho grados de diferencia. Al menos hoy los había, y el domingo pasado también, y el sábado pasado también. Bueno, no tiene que extrañarnos demasiado en los tiempos de la posverdad globalizada. Lo cierto es que esta mañana hacía mucho frío, pero yo, que soy un hombre hecho y derecho, he levantado la barbilla y me he dicho: -adelante mis valientes! He ido muy abrigado y no he sentido frío en el resto del cuerpo (luego hablaré de las manos). Las botas, los calcetines… en fin.

La Cabezota es una buena máquina

Es la tercera vez que, al arrancar, la moto hace como una paradiña, como que al primer golpe de botón se quedase como sin fuerza, aunque ese momento dura solo un segundo. Un segundo que no me gusta nada, por cierto. No sé si eso significa que hace mucho frío en el garaje o que algo pasa con la Cabezota. Lo cierto es que la moto, por lo demás, va fenomenal. Responde en todas las ocasiones y, aunque yo no soy muy exigente, obedece mucho y bebe poco.

Los guantes

Ir bien o ir mal. La diferencia entre pelarse de frío o ir a gusto. Tiene razón Proclive en el asunto de los guantes de cuero. Mire, querido lector, a medio camino los dedos se me han congelado y no había forma de acabar con ese dolor tan antipático. Y además, al volver a arrancar, he vuelto a comprobar que si no pones los guantes a buen recaudo calorífero mientras estás parado, entonces estás perdido. Desde Nuevo Baztán hasta Armuña de Tajuña ha sido horroroso, y eso que la temperatura exterior ya era bastante aceptable. En Armuña, durante la parada, sí que he recaudado los guantes y la vuelta a casa ha sido otra historia mucho más amable.

Equivocarse es lo mejor

Yo me equivoco. Del verbo equivocarse, que es uno de mis favoritos. Equivocarse es no saber, porque no acertar es una lotería. Hacer cosas bien porque sabes hacer cosas bien o hacer cosas bien porque has acertado al hacerlas. No es que no haya acertado, es que me he equivocado. Y me he equivocado de camino a la vuelta. Pero la verdad es que no me ha importado demasiado. El fallo del telefonino me ha inquietado solo dos minutos, tras los que he pensado que es mejor continuar el camino yo solo. Y es que resulta que llevaba toda la ruta dependiendo del maldito aparato. El resultado es que he respirado libertad y que me he equivocado de camino y me he perdido dos pueblos que quería volver a conocer: Valdarachas y Yebes. ¿Tendrá remedio esta situación? Lo cierto es que mola la sensación de que estás solo. Sin teléfono. Vas mucho más solo si se te descarga la batería del iPhone en cincuenta minutos. Es la tercera vez que ocurre este fenómeno paranormal por lo que creo que hay hostilidades establecidas entre la iRon y el iPhone.

El Nuevo Baztán

Es que hoy se me había puesto ir hasta el Nuevo Baztán. Hace años –aaaaaños- que no iba por ahí y quería recordarlo. Y así ha sido. Este dieciochesco lugar fue construido por Juan de Goyeneche que, de manera muy pionera, desarrolló en España, y a su estilo, una nueva forma de vida en lo que luego será la nueva sociedad industrial. Owen, Godin, Fourier o Cabet, entre otros, hicieron algo parecido en otros países de Europa, algunos de ellos dentro del socialismo o de la nueva utopía laboral (especial relevancia tuvieron los falansterios en Francia), amén de otros modelos que derivaron en los koljoz soviéticos del siglo XX.

Don Juan de Goyeneche, Señor de la Villa de La Olmeda de este Arzobispado, ha fundado a sus propias expensas un Lugar en un despoblado en el término y jurisdicción de la referida Villa de La Olmeda, llamado Nuevo Baztán, que tendrá ochenta casas, y más de quinientas personas, donde ha puesto fábricas de cristales, sombreros, pieles, y telares de seda, y lana, conduciendo maestros estrangeros, que enseñen a los naturales, con notable utilidad de aquella tierra, y con crecidas expensas suyas, plantando en sus cercanías olivas y viñas, y haziendo fructuoso el campo, que antes era inútil (…).” Así describió el Arzobispado de Toledo tamaña iniciativa que se hizo realidad desde 1709.

Churriguera, diseñador y arquitecto, planteó un núcleo central formado por el palacio de D. Juan y por la Iglesia de san Francisco Javier. Alrededor de ambas edificaciones se situaban las viviendas y fábricas, dispuestas en cuadrícula, a partir de un trazado urbanístico del que sólo se conservan algunas cosas. Una especie de cortijo o una especie de pueblonuevo formado por viviendas y fábricas, esas cosas nuevas que redimieron a tanta gente del trabajo a destajo, de la nieve y el frío y de la posesión de sus señoritos. Una fábrica de paños, otra de sombreros, de municiones, de aguardientes y de aguas mansas, fábricas de cristales y finos vidrios. Funcionaron bien las cosas hasta 1735, año en que murió Goyeneche, aunque algunas de aquellas fábricas sobrevivieron unos años más.

D. Juan, importante personaje de la corte, trabajó toda su vida en la idea de aplicar en España el colbertismo como experimento ejemplarizante que estimulara posteriores iniciativas, oficiales o particulares, para la industrialización del país. Había nacido en un pueblo de Navarra llamado Arizcun, que está en el valle de Baztán, y de ahí el nombre de su gran obra.

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Iglesia de San Francisco Javier
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D. Juan de Goyeneche y Gastón (1656-1735)
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Me fío más de este que del otro