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Iglesia de El Salvador (Carabias)

Siempre ocurre igual. Planeas una cosa y luego sale otra. No hay manera de medir la vida que viene por delante. Bien pensado, ese debe ser uno de los atributos de la aventura. ¿Qué va a pasar hoy? ¿Seguro? Pues no, no va a pasar eso. La realidad aplasta la previsión y los sueños se viven en directo. Este podría ser el resumen de la ruta que hemos hecho Darix, Proclive y yo hasta la iglesia románica de El Salvador (siglo XIII), en Carabias.

Ir en moto tiene algo de mística. Estoy seguro de ello. Ir de ruta significa que entras en contacto con cosas que no conoces, o que tienes que reconocer. Cosas que ha hecho el hombre y cosas que ha hecho el Creador. Tiene algo de procesión, algo de romería, algo de transitar por valles desconsolados, tiene algo de liturgia y algo de proceso. Alguien debería hablar un día de la mística de ir en moto.

Ir en moto tiene algo de lírica. Paisajes enormes, fríos, soleados, umbríos, flores, olores. La lírica que disfrutas en la moto se presenta, sobre todo, cuando eliges el camino menos transitado, como el de hoy. Hemos tomado carreteras poco domingueras, hemos visitado Carabias, hemos comido en un bar de carretera… al margen del domingo seguntino, que debía estar fino. Y yo recordaba a Robert Frost. Recordaba su poema “El camino no elegido”, cosa que me ha hecho sonreír gran parte de la ida:

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,

y apenado por no poder tomar los dos

siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie

mirando uno de ellos tan lejos como pude,

hasta donde se perdía en la espesura.

 

Entonces tomé el otro, imparcialmente,

y habiendo tenido quizás la elección acertada,

pues era tupido y requería uso;

aunque en cuanto a lo que vi allí

hubiera elegido cualquiera de los dos.

 

Y ambos esa mañana yacían igualmente

¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!

Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,

dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.

 

Debo estar diciendo esto con un suspiro

de aquí a la eternidad:

dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,

yo tomé el menos transitado,

y eso hizo toda la diferencia.

Ir en moto tiene algo de guerrero. Vas a lomos de una montura domesticable, que encara las curvas como si hubiera nacido para ello, que responde a la fusta instantáneamente para tomar el siguiente repecho, que para cuando lanzas el sooo con la mano o pie derecho, que abreva pacientemente cuando se lo mandan. Esa montura noble. Ese “a la carga” cuando arrancas de un golpetazo la primera y aquello va directo a la batalla de la carretera donde no sabes si lo tienes todo perdido o ganado hasta que llegas al hogar y descansas.

Ir en moto tiene algo de música. Cuando esperaba a mis dos amigos he visto pasar una nube de Harley-Davidson. Las he visto pasar pero sobre todo las he oído pasar. Me ha parecido una sinfonía, un concierto, una manifestación sonorosa llena de contenido ensoñado y ensoñador que te pone por delante la mística, la lírica y la guerra. Yo escucho mi música, la que yo compongo con el acelerador y el pie izquierdo, y de vez en cuando doy una sonata al viento.

Ir en moto es correr tras la ilusión del encuentro, es mecearte con un Eolo que no estaba invitado, es curvear sobre asfaltos umbríos y traicioneros, es empaparte de verde, de sol, de frío, del amor de la chimenea y de la tortilla recién hecha. Ir en moto es perseguir tu vida tirando por la ventana cinco horas de un domingo de invierno.

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La Cabezota, la Abuela y la Gata Negra
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La nieve