Ticket to Heaven

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La Cabezota (Harley-Davidson Sportster Iron XL883N de 2016)

La mañana se ha presentado estupenda para tranquilear por ahí. Fresco matinal, calorcillo de mediodía y ropa sobrante después de la una. Hoy ha sido el gran día en el que este curioso se ha plantado en la muralla china de Guadalajara. He comenzado el viaje desde Humanes. Ya es la segunda vez que me voy a Humanes a emprender una ruta. Ese pueblo tiene la gasolinera más cercana para poder encarar, con garantías y octanos suficientes, hacia el norte de Guadalajara. Igual hay más gasolineras, pero yo tengo ésta como referencia.

Tanto había leído sobre la muralla, tantos videos he visto, que no voy a aburrir al lector, con otra narración más. Ya he hablado en otras ocasiones sobre los pueblos negros y su arquitectura, por lo que iré directamente al grano del espectacular paisaje de piedra viva, de pizarra movediza. Parece mentira que las Administraciones no se ocupen de quitar de la carretera los trozos de montaña que reposan sobre el firme de hormigón. La pizarra cae y los conductores la sortean, mientras la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha invierte nuestro dinero en otras cosas.

El río Jaramilla, deudor del Jarama, se pelea al fondo del barranco para salir de ese cañón que estrangula a cualquiera. Mientras, en lo más alto de arriba, los buitres celebraban la fiesta de la primavera. Han sido tres minutos de cielo poder contemplar esa escena en silencio natural hasta que cuatro motos que venía en sentido contrario al mío lo han roto. Cuatro motos antipáticas que no han sido capaces de saludar a quien les saludaba de palabra y de obra en el puente por el que han pasado. Pero no me he enredado en la estupidez humana sino que he seguido viendo el baile. Al comenzar la subida, los buitres ya se habían ido y, estando casi en lo más alto, he parado porque he visto algo increíble: he visto una pareja de águilas. La he visto desde arriba y ellas estaban abajo. El sol marroneaba, pardecía, la parte superior de sus alas rubias. No estaban de fiesta sino que estaban de amor. Una preciosa escena íntima.

En esta parte de la ruta, desde el desvío hacia la GU-194 que se toma poco después de pasar El Espinar hasta salir a campo abierto tras el barranco, no he sentido miedo. Recuerde el lector que el miedo se me gastó el 18 de marzo yendo a Robledillo de la Jara. La carretera deshecha, los cráteres y la asperosidad del hormigón no han sido capaces de redescubrirme lo peligroso de ir en moto. Este tramo nada tiene que ver con el que he hecho desde La Cabrera hasta Torrelaguna en lo que se refiere al estado del asfalto.

El destino se ha quedado en La Hiruela. Ahora sé que el punto final -el punto más lejano- de la ruta de hoy lo ha sido por la distancia y no por el contenido que lo trufa. Un pueblo fabricado en un emplazamiento espectacular. Yo, cuando he visto que disuaden a los vehículos de entrar, he pensado en tantos otros pueblos que tienen la misma práctica y que sí merecen la pena.

Pero el error verdadero ha sido por un exceso de vista. Y es que he percibido de refilón que los que estaban sentados en la terraza del bar del pueblo se estaban apretando unos pinchos de tortilla con un aspecto espectacular -eso me ha parecido- y yo he pedido otro. Cuando la señora me lo ha traído he entendido el fallo. Resulta que era una de esas tortillas precocinadas que venden en cualquier parte. Parecía una buena tortilla pero no lo era. Exterior aceptable, color dentro de la gama de las buenas tortillas, anchura admisible, pero no valía nada como tortilla por muy bueno que fuera el aceite con el que me la han servido cubierta. Como el pueblo, reconstruido, reconstruyéndose; como la iglesia, bonita al exterior y tremendamente vacía al interior. Nada. Puedo suponer que a La Hiruela le separa algo más que una hache de Jaén.

Ya en Torrelaguna, justo al pasar por la nueva rotonda con la que se han empeñado en entretenernos un poco más, me he encontrado con una manada de motos que tenían en común la gordura. Motos enormes, unas custom llenas de maletas, otras GS llenas de pegatinas, otras de carreras. Y he querido alcanzarles. Incluso me he llegado a mezclar con la parte trasera del numeroso grupo. Han sido unos pocos kilómetros porque finalmente he desistido por razón de la velocidad. No se puede ir al doble de la velocidad permitida. A veces, solo algunas veces, superamos el límite de velocidad porque hay que adelantar o porque quieres dar un acelerón y ya está, pero lo que no se puede es ir a ciento veinte en un tramo de sesenta.

Entonces, ¿ha sido un mal día? Qué va, amigo lector. Ha sido una fantástica mañana de soledad. De esa que se necesita cuando uno ve que es mejor poner tierra de por medio cuando aparecen los que nunca tenían que aparecer. La Harley-Davidson que se retuerce y yo que la sujeto. Las ruedas que se gastan y los ruidos del motor. El sonido del escape y el aire en la cara. Y en la cabeza, la canción de Dire Straits: “I got my ticket to heaven and everlasting life. I got a ride all the way to paradise. I got my ticket to heaven and everlasting life all the way to paradise” (tengo mi billete para el cielo y para la vida eterna. Tengo un viaje para finalmente llegar al paraíso. Tengo un billete para el cielo y para la vida eterna para llegar, finalmente, al paraíso).

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Ermita de Los Enebrales (Tamajón)
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Miliario en Campillejo
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En la muralla china de Guadalajara
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En La Hiruela

 

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