Las ruedas redondas

213-095_ALas marcas de motos, los constructores, esos visionarios que hacen que nos gusten sus productos, o que encargan a los publicistas y marketineros que nos gusten sus productos, fabrican máquinas de todo tipo. Las hay grandes, medianas y pequeñas. Mediopensionistas y regulares. Altas y bajas. Bonitas y feas. Harleys y las demás.

Supongo que ponen su empeño en hacer productos de calidad, armonizados en sus componentes para que el resultado sea el adecuado. Motores ajustados con consumos eficientes, ergonomía cuidada, estética impecablemente estudiada. Además, esas marcas habrán de tener equipos con muchas personas dedicadas a cada apartado del diseño, producción y distribución de las que acaban siendo nuestras burras.

Y nosotros, el usuario, yo, el propietario, el motero, el conductor de la moto, percibo muchas cosas cuando la tengo delante, cuando la tengo debajo. Primero percibo la estética visual. Los colores, las formas, lo diferente de lo conocido. Luego percibo la estética táctil: la calidad de los materiales, el hierro y su frío. Después percibo la estética auditiva: el sonido, el rugido, el borbotoneo intencionadamente desacompasado que suspendería en cualquier conservatorio de música por falta de rigor en los compases. Finalmente percibo la manejabilidad en parado y en marcha, la integración de la persona y la moto, esa conjunción que dura lo que dura la ruta o el paseo del día y que tanto se echa de menos cuando estás a otras cosas. Todo esto que describo es muy importante. Estas percepciones están en la base de lo que un motero siente cuando habla, cuando piensa en su moto y en lo que va a hacer con ella el fin de semana. La cuidas, la limpias -o no la limpias-, la vigilas.

Pero llegado el momento de la verdad, llegado el momento de la carretera, una vez disfrazado de lagarterana o de Juana la loca, cuando ya estás solo en mitad de cualquier sitio, sobre una carretera de aquellas, en esa mañana en la que nadie se ha despertado todavía, en ese momento en el que piensas que el resto de la humanidad está perdiendo el tiempo en la cama, en ese momento, ese domingo soleado y fresco, te das cuenta de que todo vale nada. Por un momento, piense el lector en la Fórmula 1, en esos grandes premios que pagamos por ver en la televisión. Los equipos gastan millones de euros en tecnología, en avances y mejoras, en sueldos e instalaciones para poner un coche en la pista. Y cuando ya han hecho todo su trabajo, cuando han hecho excepcionales coches de competición y han planteado estrategias y alternativas, cuando lo han dado todo por estar en el pódium, entonces resulta que se entregan a aquello que les pone en contacto con la realidad verdadera, con la pista. Es decir, todo depende finalmente de los neumáticos.

Los neumáticos, las ruedas redondas, son lo que nos pone en la realidad. Son la parte de la moto, del coche, que de manera física contacta con el medio por el que discurrimos en cada momento. Ese medio es cambiante y tiene unas condiciones que varían, indefectiblemente, cada pocos kilómetros. Las ruedas son aquella parte de la moto que nos pone en contacto con la realidad. Por esa razón son tan importantes. No voy a hacer la clasificación de qué parte de la moto es más importante porque sería inútil, pero lo cierto es que, finalmente, dependemos de la calidad de los neumáticos y de su estado.

Tener unas buenas ruedas redondas, cuidarlas, vigilarlas y cambiarlas cuando es necesario es algo que un buen motero ha de hacer. Los coches apoyan en cuatro puntos anchos de 180, 200, 220 o 240 cm cada uno, es decir, casi un metro de goma permanece en contacto con la auténtica realidad. Las motos, en cambio, solo tienen dos puntos de contacto que, además, son estrechos. Y además, su necesario perfil redondeado, y su dibujo, y su homologación, y su precio… Muchos requisitos son estos, pero todos ellos, en mi opinión, son necesarios.

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