Responder preguntas

IMG_3373En el entorno de la comunicación en general, y en el del periodismo en particular, siempre se ha manejado el tema de las uves dobles. Se trata de esas preguntas clave, esas keys, con las que describir una noticia, acontecimiento o sucedido. Nosotros, los que no somos periodistas, utilizamos esas preguntas para saber cosas.

Por norma general cuando hacemos una pregunta es porque esperamos una respuesta. Y esperamos una respuesta porque no la conocemos. Otras veces hacemos una pregunta sabiendo cuál es la respuesta, y eso lo hacemos por mantener la amabilidad de una conversación, por mera retórica o porque necesitamos comprobar que nuestro interlocutor sabe de qué está hablando.

Preguntar es la mitad de la conversación, la mitad del dialogo, la mitad de todo. Aun así, vemos periodistas que se recrean en las preguntas porque son las estrellas de la radio o de la televisión y, en esos casos, las preguntas son mucho más importantes que las respuestas. Aunque las preguntas sean breves, aunque no ocupen mucho espacio en el diálogo, son la ruta, son el camino por el que va esa conversación. No importa la extensión. Con los periodistas pasa lo mismo que con los árbitros de fútbol, los buenos son aquellos que no aparecen, aquellos que parecen que no están.

Qué, quién, cuándo, dónde, cómo y porqué. Estas son las seis llaves que quiero utilizar hoy en este post, amigo lector. Voy a intentar responder a estas cuestiones para explicar lo de esta mañana, a ver si funciona. ¿Qué? Que he salido de paseo con la moto a tranquilear. ¿Quién? Yo. ¿Cuándo? Esta mañana. ¿Dónde? A El Berrueco, por las carreteras que llegan hasta esa localidad. ¿Cómo? En mi moto. ¿Por qué? Porque sí.

Bueno, pues ya está, ya he hecho una descripción. Ya he hecho el experimento de contar, periodísticamente hablando, lo que he hecho esta mañana. ¿Qué te parece, amable lector? Hasta ahí, dentro de este pequeño juego, los datos. Con estos datos ya nos podemos hacer una idea de… Que no, hombre, que no. Que las cosas no son así. Que esto es otra cosa. Que esta mañana, que se estaba fenomenal a veintiún grados, antes de las ocho, he agarrado la Iron y me he dado un garbeo hasta El Berrueco. Solo. Literalmente solo. Solo con el sol. Con la chupa de cuero bien cerrada a la ida, con la mirada en el asfalto y el oído en el escape, con las manos en los puños y los pies en los estribos, con la cabeza en su sitio -en mi sitio- y con la boca cerrada. Con el corazón en mi casa y con el alma en el cielo. El campo despertando, la carretera fría, el aire quieto, las alondras enzarzadas, las nubes dormidas, el azul intenso, las curvas cerradas, las curvas abiertas, los robles enteros, la hierba verdecida, las piedras quedas y el horizonte inmóvil. Este precioso cuadro es el que he dibujado hoy hasta llegar a la iglesia de Santo Tomás, a ese balcón que mira al este y que ofrece entradas de primera para el amanecer sobre El Atazar. Nada, un ratito, un nada suficiente.

En esta segunda descripción no hay respuestas a esas llaves periodísticas a las que me refiero hoy. ¿Entonces? Entonces pienso un poco, y concluyo que la realidad está en la segunda descripción. Responder preguntas, para un motero, no es esencial porque las respuestas, seguramente, ni sean congruentes ni sean aceptadas ni presenten visos de coherencia ni tengan mucho sentido y, si me apuras, amigo lector, ni te las va a contestar si se las haces. Cuando alguien coge la moto y se larga, se larga. Y ya está.

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