Harley-Davidson es una empresa que vende libertad

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Nuevo diseño de Harley-Davidson

Todavía no nos gusta lo que acaba de proponer Harley-Davidson estos días. Ni siquiera hemos sido capaces de asumirlo en cuarenta y ocho horas, por lo que tendremos que dar tiempo al tiempo. En su día escribí un par de artículos sobre el futuro de la MoCo así como algunas otras entradas en las que defendí a la Street como punta de lanza con la que la factoría de Milwaukee apuntaba a donde cree que debe apuntar. También definí el perfil de propietario de una Harley de hoy y de ayer, y hablé de la boutique que da de comer a los de Harley, a los del HOG y al mercado de segunda mano. En mi opinión era todo evidente.

Porque Harley-Davidson es una empresa, una empresa que vende libertad. Si damos esta afirmación por cierta, que Harley-Davidson es una empresa que vende libertad, tenemos a tiro la base para el comentario fundamental de este post: sujeto, verbo -en este caso es un verbo copulativo- y atributo con relativo incorporado. Vayamos por partes.

Harley-Davidson. Este es el sujeto. Decir Harley hoy no es lo mismo que decir Harley ayer. O sí que lo es. Se trata de una marca comercial que, como tantas otras, se adapta y evita su desaparición. Una marca se hace a sí misma y, si es inteligente, se deja influir por quienes aportan el dinero para el desarrollo de sus productos, es decir, por los clientes. El problema viene cuando la formulación de su misión y visión empresarial se hace de tal manera que el conjunto de pagadores queda al margen y se produce la temida desafección que, indefectiblemente, conlleva la pérdida de valor.

Es una empresa. Esta es la segunda parte de la frase que nos sirve de base para entender lo que va a pasar. No hay empresas que levanten el cierre por la mañana de forma gratuita y no debería haber empresas que no levanten el cierre por las mañanas sin pensar en los clientes. Y los clientes de Harley-Davidson se mueren. El mercado les está desplazando por mor de los nuevos gustos y nuevos paradigmas que hacen que nos gusten las cosas vacías y sin sentido, las cosas baratas, de plástico, en las que la estética gana definitivamente a la calidad. Si yo tuviera una empresa y hubiese localizado mi público, y viese que este público es cada vez mayor, y no tengo más que ofrecerles, entonces tendría un problema que podría resolver de dos maneras: volver a ofrecerles lo que les gusta o cambiar de público. Esta segunda opción fue la decisión que la MoCo comunicó en aquel evento reciente: cambiar de público.

Que vende libertad. La tercera parte de la frase hace alusión, como puede apreciar el lector, a los valores tradicionales de la marca de Milwaukee. Ese ir por una autopista se transforma ahora en un “más carreteras para Harley-Davidson”. La marca ya no quiere ir solo por ahí, ya no quiere máquinas grandes y voluminosas, sino que parece que va a rebajar el pistón de tamaño y se va a meter por carreteras secundarias. Lo cierto es que los nuevos clientes no están todos en América y todo el mundo merece ser libre.

Y entonces, ¿que va a quedar? ¿Qué va a quedar de lo nuestro, de lo que conocemos, de la carburación, de la inyección? ¿Qué va a ser del sonido? ¿Y de la estética? La respuesta a todo esto es bastante evidente: todo eso desaparecerá con el tiempo. Las cosas nacen y las cosas se mueren. Como las personas.

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