Sin ninguna gana de salir he salido

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Sin ninguna gana de salir he salido. El día lo daban de lluvia y yo lo daba por perdido, que quería haber ido a la parcela a nadear. -Que no voy, fue el último pensamiento verbeado mientras cogía, soltaba y volvía a coger el abrigo. Y me he ido sin ninguna ganita. ¿A dónde? -Por ahí, he vuelto a pensar. He ido a repostar. -Pues por aquí, por la carretera de Humanes, hala, ya está.

El cielo no estaba roto del todo. Las nubes se habían apoderado prácticamente de todo y el frío estaba ausente en un día que no prometía nada. Y se me ha puesto Tamajón. Tamajón, al norte, al pie de la majestad de la Sierra más pobre. Y he seguido adelante.

Al paso de Razbona se me presenta la lluvia y lo que hasta entonces era solamente rodar por lo mojado se ha convertido en rodar por lo mojante. Pero he seguido adelante. Llegando a los bosques he empezado a ver multitudes de coches aparcados a los lados de la carretera: excursionistas, buscadores de setas, no lo sé. Y he querido parar un rato. Y he parado en ese cruce que hay poco antes de llegar a Tamajón. En ese momento he sabido que ya no iba a ir a Tamajón y que me iba a adentrar por esa GU-195 que tenía sin hollar, que lleva a Puebla de Valles y a Valdesoto.

Y he seguido adelante y he hecho un magnífico descubrimiento. Ese descubrimiento ha sido la carretera -¿la carretera?- que se arrima a Tortuero entre los barrancos que dejó el Jarama cuando el Jarama era todo un hombre. Han sido unos kilómetros terribles, peligrosos y preciosos. Terribles por lo que tenían de desconocidos, peligrosos por el estado del suelo y preciosos por la mano del Autor del asunto planetario.

Lo terrible me viene por el miedo a lo desconocido, a lo que no promete mejorar, a lo que está lleno de barro, cráteres, agujeros, agua. Me viene por ese momento en el que paras para darte la vuelta y no sabes qué es peor, si volver o seguir. Es el momento de la decisión, el momento en el que decides sobre la primera decisión de haberte metido por ese camino. Y he seguido adelante.

Lo peligroso tenía dos vectores: el más importante era el estado de la carretera, de la no carretera, de la que nadie se ha ocupado nunca. El otro vector era el de la lluvia intermitente, ahora suave y ahora fuerte… y ahora sol. La lluvia arrastraba el lodo sobre la superficie maltrecha del asfalto desmigado en varios puntos. Pero he seguido adelante.

Lo precioso ha sido el paisaje. Subir, bajar, encajonarse en la cuna del Jarama, el amarillo contrastando con todo lo demás, el rojo, el verde, el gris y el sol que lo potencia, y el olor y el sabor de la resina, y el tacto de la tierra y de la piedra viva que te acompaña en las paredes del camino, y el fondo abierto en ocasiones a los valles que cierran en derredor el cauce. Un lugar espectacular, sin duda. Y hasta el cruce con la carretera de Tortuero he seguido adelante.

Sin ninguna gana de salir he salido. El día lo daban de lluvia y yo lo daba por perdido, que quería haber ido a la parcela a no hacer nada. Y me he traído en el corazón tres horas de asombro ante lo que no se puede explicar con palabras.

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