Citius

IMG_6963La frase “citius, altius, fortius” está formada por el comparativo de tres adverbios latinos. Significa “más lejos, más alto, más fuerte”. Sirvió de lema en los Juegos Olímpicos desde que el barón de Coubertin la pronunciara en Atenas en 1896. En mi opinión es una expresión poco usada para toda la miga que tiene. Toda una filosofía de vida se esconde tras ese planteamiento deportivo, aunque  yo prefiero pensar en esa frase desde otras realidades. Aprovecharé esta expresión para articular cada uno de los tres días de ruta, haciendo corresponder cada palabra con cada una de las tres jornadas. Todo ello, tras el post de introducción titulado Las vocaciones mueven el mundo.

El primer día de ruta quisimos ir más lejos, lo más lejos posible. Ese punto lo teníamos localizado en el extremo norte de la playa de El Sardinero, en Santander, donde el hotel Chiqui, donde la Rosa de los Vientos, donde el paseante da la vuelta y donde el sol se queda apretado contra el acantilado que marca el fin del lugar.

Desde el km 49 de la N-1 hasta allí descosimos la piel de toro en dos, y lo hicimos por el lugar menos transitado, claro. Una vez pasado Sotopalacios tomamos por la derecha hacia el Páramo de Masa y Puerto de El Escudo. ¿Para qué vamos a ir por donde va todo el mundo si hay una carretera poco transitada que solo le interesa a quien le interesan las cosas poco transitadas? El Ebro, al poco de nacer, ya embalsado, recogido por las puntas de su propia cuna, hace de guardián de aquellos parajes que, soleados, comenzaban a broncear nuestras muñecas.

Pasado Puente Viesgo comenzamos a notar las tiranteces del Cantábrico catalizador. Ese momento en que la ropa ya no se desliza por la piel. Esa humedad incipiente que hace que tu rostro se refresque y que sudes en parado y que notes algo de frío con la velocidad. Eso significa que estamos cerca, eso significa que estamos lejos, más lejos.

No sospechábamos que para llegar a Mungia nos esperaba la odisea. Era la hora de comer, cosa que hicimos en segunda instancia gracias al nivel de incompetencia manifiesta de aquel restaurante de Liendo y gracias al nivel de competencia del restaurante de al lado.

Antes de la odisea, esa parte de la cornisa que pasa por Castro Urdiales nos ofrecía una hora del café soleada pero refrescante. Lo cierto es que, poco antes de llegar a Bilbao, en una rotonda, Fendetestas paró y yo, que iba el segundo, no lo ví. Darix, que iba el tercero, sí lo vio. Pasado un rato paramos, pero el grupo ya se nos había roto, y ahí comenzó la odiesa: buscar a Fendetestas. Eso suponía atravesar Bilbao sin utilizar el telefonino. O mejor dicho, atravesar Bilbao teniendo como fuente la intuición, el conocimiento del lugar… y el telefonino cada cinco minutos, ya que no llevaba el soporte adecuado para la Cabezota. Parar, mirar, circular. Parar, mirar, circular… y así.

Los telefoninos con mapas tienen muchas virtudes pero también tienen muchos inconvenientes. Es desesperante ver cómo, a base de recalcular, pueden hacer enloquecer al usuario enviándole por el mismo sitio de manera recurrente por un número de veces ilimitado. Todo esto ocurrió durante más de una hora, hasta que me acordé del túnel, que fue la opción que nos salvó de morir. Ya solo faltaba llegar a Arminza, que es donde Fendetestas nos esperaba, supongo que paciente.

Encontramos hotel en Munguia. Tocaba descanso, tocaba cenar, tocaba parar los nervios, tocaba hablar. Y lo hicimos. Y dormimos.

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