Altius

IMG_7092Más alto que la vista sobre San Juan de Gaztelugatxe no lo hay. Más alto que la vista sobre el acantilado en Socoa no lo hay. Más alto que el paso de Roncesvalles no lo hay. Tampoco hay nada más alto que el puerto de Tapla ni nada más arriba que el río Irati en su propia selva. Porque hemos tocado techo en varios sitios. Hemos tocado techos estéticos, techos paisajísticos y techos trascendentes. Y techos en la fábrica de Orbaitzeta que hicieran temblar los montes en las guerras carlistas, y techos contrabandistas en los pasos de los Pirineos.

En esta ruta hemos tocado muchos techos. Por eso, he aprovechado y he “emitido mis alaridos por los techos de este mundo”. Porque un hito merece un grito, porque una victoria merece una copa con la que brindar por la vida propia y por la ajena.

Tan arriba hemos rodado estos días que llega un momento en el que tienes que ir con la cabeza doblada porque más alto no se puede, que te rozas, que todo lo llena el Señor del mundo. Por eso miras y te embobas en el techo estético del río Irati que, entre piedras, muestra su ser de liberación y que contagia de agua dulce el paladar del viajero, y llena el olfato de matices que rivalizan con la más sencilla de las flores. O te absortas bajo el techo trascendente que esconde el Monasterio de Leyre, que lleva diciendo al peregrino cientos de años cuál es el camino y cuál es la verdad. O bajo el techo de Francisco de Jaso que esconde en el castillo de su padre, el Señor de Javier, el secreto de la espada y de la oración, es decir, la lucha por lo que crees.

Es cierto, amigo lector, que yo, cuando hago una ruta, me suelo diferenciar del resto de moteros en la manera de percibir las cosas. Probablemente, Fendetestas y Darix puedan ofrecer una versión muy distinta -probablemente más real- de los lugares y circunstancias que han conformado el contenido de este viaje, pero a mi me gusta ver las cosas a mi manera. Por eso, por dentro del casco que guarda mi cabeza y por dentro de la chupa que arropa mi corazón pasan cosas solo mías, como que me acordé de Walt, por ejemplo. Walt dejó escrito el siguiente verso: “No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario. No dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo. Pase lo que pase nuestra esencia está intacta. Somos seres llenos de pasión. La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia”.

Este día de tocar techo ha sido ocasión para poner de manifiesto lo extraordinaria que ha sido mi vida hasta ahora, y siento emoción escribiendo esta percepción. Esta ruta ha sido momento propicio para demostrar que la poesía es la que cambia el mundo. La emoción, la vocación es lo que cambia el mundo. Ya dirán los ingenieros cómo resolver ciertos problemas, pero es el corazón de la gente el motor de lo que ha de suceder. Un viaje como éste destapa las esencias de cada uno, y nos da oportunidad de conocernos y de ponernos en nuestros sitios, aquellos que ocupamos por lo que somos y por lo que no somos. Y, sobre todo, estos días de rodar por el mar, por Francia, por los Pirineos, por los techos del mundo, han sido tiempo para asumir el protagonismo de la propia vida, esa que nos lastima y nos derriba pero que también nos enseña. Amigo, sé protagonista y déjate de tonterías.

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