Como la yogurina

Hoy he recuperado mi ser encima de la moto. El otro día, con un par de muchachos, un par de rudos moteros de los de toda la vida, aprendí un montón de cosas sobre el on y el off, sobre el sí y el no, sobre el ahora y el antes. Su ritmo tendía a ser muy superior al mío en todos los sentidos, incluida la velocidad. Hoy, sin embargo, rodando con Laura Pausini, he vuelto a mi ser lento, pausado, regular. 

El otro día recibí una llamada telefónica. Me contó el interlocutor que una compañera de trabajo, nueva y yogurina, le espetaba a que hiciese algo. Mi interlocutor, hombre cabal, la dejó hablar y le dio la razón. Días después la yogurina se enteró del puesto actual y de la impresionante trayectoria profesional de su compañero, que además lleva varios años en la empresa. Cuando tienes más vida que prisa, cuando tienes más visión que urgencia, cuando tienes más conocimiento que los de tu alrededor, cuando sabes tantas cosas… hay un regusto en dejar y esperar que la gente haga lo que cree que tiene que hacer. Esperar a que esa persona vuelva, a mirarla a la cara y observar cómo cambia su actitud, su discurso, su argumento. Y no pasa nada.

Pues algo parecido me pasa ahora con la moto. Sé que puedo hacer esto y lo otro, que el acelerador no tiene fin, que la potencia es enorme, que las ruedas son redondas y que puedo tumbar hasta tocar el suelo con el codo. Sé que puedo meterme por este camino o pasar por encima de ese riachuelo. Pero no lo hago. O sí. O no. Necesitar hacer cosas no va conmigo. Probablemente esta sea la razón de que hoy haya rodado a mi estilo, a lo mío, a desperdiciar oportunidades de hacer cosas divertidas para tanta gente.

Mira que la moto tiene tecnología. Mira que tiene opciones. Pues no tengo prisa. Poco a poco voy descubriendo que la F750GS tiene un sistema operativo que hay que poner en funcionamiento antes de arrancar el motor, y que ese sistema operativo gestiona las diferentes partes y, por tanto, el comportamiento del artefacto. Ya lo sé. 

Mira que la moto tiene un sistema de amortiguación y de control de estabilidad. Sí, y eso hace que la moto tome decisiones por su cuenta. Yo se lo agradezco a la moto, pero el lector no me va a encontrar en ese mundo de parámetros que seguro que son muy interesantes.

Mira que la moto tiene posibilidades de conexión con el GPS, con el telefonino, con el casco. Es una tecnología que la convierte en un centro de comunicaciones de todo lo que tenga bluetooth. Una pasada, sí.

Mira que la moto tiene posibles combinaciones de los modos de conducción. Ya he utilizado el modo Road y el modo Enduro (miento, un día puse el modo Dynamic). Cada modo convierte la experiencia de conducción en algo apropiado a las condiciones que tú, como piloto, identificas en cada momento. Ya lo sé, y está muy bien.

Mira que la moto… y mira que la moto. Todo lo que queramos, sí. Pero hay algo que la moto no. Hay algo que la moto no puede hacer. La moto no puede vivirme. La moto no puede decir por dónde voy a ir. La moto no puede decirme si quiero conectar o coger el teléfono. La moto no para donde quiero. La moto avanza lo que yo le diga y ni un metro más. La moto no decide meterse por un camino ni decide cuánto tiempo quiero perder hoy. La moto no elige el paisaje ni las gentes ni la zona ni los bosques ni las montañas. 

Hoy, saliendo hacia la casa de mi amigo el Rey, el Alto Rey, buscando el bosque encantado de robles encantadores, oliendo las jaras de las cunetas, llegando a lo más alto de arriba del mundo castellano, con el sol por derecho, hoy, digo, he recuperado mi ser motero. Tranquilear, no correr, parar cien veces, parar mil veces, meterme dentro del casco, con las piernas colgando como el niño que se sienta en el poyo de la casa de su abuela a ver pasar las moscas. Pensar, discurrir, deambular, pasar por el corazón las cosas que han pasado y que siguen pasando. Perder el tiempo y ganar la vida. Eso es lo que he hecho, hoy como entonces.

Cosa aparte ha sido el tramo de Galve de Sorbe hasta Umbralejo. Un soberbio espectáculo en el que el ser humano no tiene más remedio que hacer el ridículo. Como la yogurina. Qué le vas a decir a aquel mar verde, perfectamente perfecto, autogestionado, en relación con su propio clima. Tú vas allí, lo recorres con veneración, agradeces al Dios de los cielos el trabajo y el buen gusto de crear algo así y te vas sin tocarlo. El mundo está lleno de mares verdes como éste, de mares azules, de mares de todos los colores y el ser humano no hace más que el ridículo intentando dialogar con algo que es mucho más grande y más listo que tú, como la yogurina.

Hoy he tomado dos caminos sin asfaltar porque quiero aprender a moverme en terrenos no firmes y diferentes al asfalto. Y ha estado divertido pero he sido prudente y no se me ha ocurrido ni llamarles de tú, ni acelerar demasiado, ni frenar demasiado, no cambiar de dirección bruscamente, como la yogurina.

Ruta

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