Por fin Bonaval

Ir en moto entre zarzas, justo por medio de la calzada, con el sol afilando el cuchillo, porque vas hacia el sur, que el embalse de El Vado no tiene agua suficiente. Ir en moto entre zarzas, que si te descuidas, te vas a llevar otro desgarrón. Ir en moto por la calzada por la que bajan los camiones de madera que limpian el bosque y siembran su tierra en las curvas humedecidas por la noche. Ir y venir en moto, poderoso. Y al final, volver a casa, que es lo más importante. A veces, el motero necesita darse de pacer y por eso busca las zarzas, el sol, el barro y el agua.

Ir temprano, ir solamente temprano, ir cuando los monjes ya hubieran llevado varias horas trabajando y rezando a lo Bernardo, e imaginar una vida dura y de sacrificio en el paraíso del Jarama. Imaginar las huertas, imaginar las chimeneas, imaginar el frío de febrero, imaginar una vida que acababa con cualquiera.

El Monasterio de Bonaval se me ha estado escurriendo entre los dedos desde hace mucho tiempo. Nunca encontré la oportunidad para bajar de la montura y descubrir y conquistar uno de esos lugares de piedra y sueño, de tiempo y ausencia, de pasado y agua.

Una casa del primer Cister español. Los hijos pucelanos de Bernardo de Claraval llegaron a este lugar y comenzaron a levantar un monasterio que bendijo Alfonso VIII y que despobló Fernando VII con su orden perversa. El Jarama se encoge de hombros y juega a las canicas justo a su paso, donde las ancianas encinas y los musgos eternos plantan cara al viento del norte y a la soledad. Porque eso es lo que hay en Bonaval: soledad. Una casa de retiro para los monjes viejos, una bandera para detener el paso de los marranos, una pica en el Flandes de la serranía ocejoniana, un lugar sagrado para el motero empeñado en coger las cuatro puntas del pañuelo de la historia y los cuatro picos de la verdadera ecología.

Para llegar hasta allí -en medio del mar que se derrama al sur del embalse de El Vado- hay que tomar la GU-188, la que nace cerca de La Mierla y muere un poco por encima de Tamajón. La ciencia y el electoralismo han dado cuerda a esta calzada. Lector, lector motero, conozca esta carretera, que está llena de magia y de resina, de fresco y de sol, de barro y de madera, de monte y de verde mar.

Al volver a casa, el motero se dará cuenta de que se le ha perdido por el camino un poco de sí y un poco de otros, y que vuelve adelgazado en su interior y que ahora tiene un poco más de espacio para las cosas buenas, y que merece la pena perder el tiempo por ahí, y que hay que recibir lecciones de reciedumbre y que hay que ser capaz de pasar entre las zarzas, y que hay que sujetar con una mano el puñal del sol y con la otra saludar al destino, y que el sacrificio por lo que crees es bueno y que el sacrificio por lo que no es bueno no es bueno. Te vas a Bonaval y vuelves más tú.

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