El mundo es un pañuelo

Ese es el sitio. Esa es la foto. Un buen campo labrado, el verde junto a la carretera y el azul del cielo. Esa es la foto que quería, porque las fotos del Pico Ocejón estrenando roquete ya las tenía en el carrete. Total, solo hay que salir de la carretera ese poquito de asfalto roto de esos que quedan cuando en su día reformaron la carretera y hoy se usan como merenderos o como descansaderos. Al terminar de fotear a la Marifácil en las tierras de Cogolludo he dudado si darme la vuelta o continuar la cuerda hasta la secante con la vía principal y he decidido continuar. Total, solo se ve un poquito de barro. A veinte kilómetros por hora se me han agolpado infinidad de videos y de palabras referidas a lo que tienes que hacer cuando ves que la rueda delantera patina y se hunde en el barro, porque no era un poquito de barro sino una rodada más profunda cubierta de barro. Por eso es que la rueda delantera se ha hundido y la dirección se ha puesto de fiesta, y me he vuelto a jorobar los antebrazos y la moto se me ha salido del camino y he rodado hacia abajo un poco y me he dado un golpetazo en la pierna contraria a la caída, inexplicablemente, y me he caído por la banda de babor.

Ya estaba de vuelta de Valverde de los Arroyos y de Umbralejo, que quería ver la nieve que se ha quedado a pasar la primavera en la Sierra Norte. Ya volvía yo lleno de frío, lleno de paisaje, lleno de aire, lleno de vida, lleno de moto y lleno de Dios. Ya volvía yo de un paseo last minute diseñado en el último segundo. Ya volvía yo de juguetear con otras geeses y otras cateemes y otras tenereses, que hay carretera para todos. Ya volvía yo de maldecir al enlatado que recortaba su trazada por mi carril. Ya volvía yo de terminar las obras en los cimientos del alma, que las humedades trepan y ennegrecen las paredes, y llenan el suelo de salitre intangible que blanquea feamente la superficie, y eso no mola. Ya venía yo… y me he encontrado en una situación de soledad infinita, una soledad a la que no han sabido responder ni el botón de SOS que tan presumidamente vende BMW ni el tan cacareado uno uno dos, que la señora ha dicho que no. 

Solo, viendo a la Marifácil en el suelo, patas arriba, como si de un novillo recién estoqueado se tratara, viendo salir a borbotones la cara sangre que estos días nos subvencionan, hendiendo la estribera en la hierba, se me escapa un gracias a Dios por la rejilla del casco. 

Y esos dos coches no me han visto mover las manos. Espera, sí, sí que me han visto. Están dando la vuelta. Les digo que necesito cuatro hombres para mover este becerro de 224 kilos. Y la levantamos. Y arranca. Tiene que ser cierto lo de que el mundo es un pañuelo porque quien ha parado a ayudarme era un antiguo alumno y su familia.

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