No sé qué tiene esto

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Hoy iba a hacer bueno. Bueno, iba a hacer más bueno que ayer y que estos días. El termómetro llegaría hasta los nueve grados y, a mi vuelta, ya marcaba diez. El sol brillaba en el cielo, que estaba parcialmente tapado por algunas nubes altas que quitaban encanto a este bonito día de invierno.

La situación ha sido esta: abro el armario de la entrada, donde están los abrigos. Al abrirlo siempre me llega el olor a cuero, a cuero nuevo. Un olor agradable al que hoy sí que le tocaba presagiar un rato que ha resultado ser fantástico. Meterse dentro del cuero tiene algo de seducción, algo de fascinación, algo de embeleso.

Salgo de casa y camino por la calle. Nadie sabe qué va a pasar. Voy con mi cazadora todo guapo y en, realidad, yo tampoco sé dónde voy a ir. Ya lo pensaré. No tengo prisa. Tengo un rato sólo mío. Haré lo que quiera, lo que se me ocurra. Ya lo pensaré.

Ya en el garaje la emoción se dispara. La veo al fondo, en lo oscuro. Distingo el perfil de los retrovisores sobre elevados (el lector recordará que instalé unos alargadores porque no se veía nada), y por eso La Carabela parece familia de la hormiga atómica. Ya he llegado. Se me paran los pies y se me acelera el corazón. No tiene lógica. No sé lo que pasa.

Quito los elementos de seguridad y pongo en funcionamiento la máquina. El sonido. El sonido contra la pared. Ya le tengo dicho al lector que esta moto, por alguna razón que nada tiene que ver con el placebo, suena cada vez mejor. Da la sensación que la Harley-Davidson Street XG750 se va haciendo con los kilómetros, y la mía ya ha tenido quince mil oportunidades de aprender cosa que, a mi juicio, ha hecho bastante bien. Borbotón, burbujeo, hervor… no sé. No sé qué tiene esto.

Me pongo el cubre pantalón. Al cubre pantalón le he cosido hace poco un parche y me parece que ha quedado bien. Se lo he cosido a la altura de la mitad del peroné de la pernera izquierda, aproximadamente. Me pongo el casco. Hoy le ha tocado al MT, un casco de fabricación española, que está haciendo cola para la jubilación en cuanto caiga algo más serio. Este MT es un regalo de los compañeros y le tengo aprecio por ello, así que tengo una prisa relativa en el cambio.

Los guantes que llevo ahora me sientan como un guante. También son de cuero y tienen un forro interior con un tacto amoroso.

Monto en la moto. Nada vibra, nada se mueve. Solo el sonido contra la pared. Acabo con esto y meto la primera de un hachazo y el eco vuelve como un boomerang rápidamente. Y salgo a la calle. El sol, el fresco, la carretera y yo. Qué pasada.

Aun no sé a dónde voy a ir. Ya se me ocurrirá algo. De pronto me descubro camino de Fontanar, que es justo de donde sale mi carretera favorita hacia Tórtola de Henares. No tengo frío. Voy a ochenta y me encuentro bien. Quizá el cuello no me lo he puesto correctamente y, al tomar esta segunda carretera, paro un momentito y me lo coloco a mi gusto. Curvas, cuestas, el Henares que saluda, y yo tranquileando. Todo va bien. Todo va muy bien. Con confianza en la máquina y en mí mismo. Y aprovecho para dar gracias al Creador por todas las oportunidades, paisajes y, sobre todo, personas que me pone delante. No sé qué tiene esto.

Llego a Tórtola y tiro para la izquierda, y en ese momento ya sé que voy a ir a Hita. La carretera está vacía y el sol queda a la espalda. Quizá me ha adelantado un coche, no lo recuerdo, o no me he fijado. Iba concentrado en mi carretera, en mi moto y en mis pensamientos. Cuando me meto dentro del casco se me caen las distracciones por la cuneta y no veo nada más que lo que veo. No sé.

Tras un rato aparece Hita. Hita es un pueblo cojonudo. Quiero decir que es un pueblo precioso, como de cuatrocientos habitantes y de mil años. Está muy bien cuidado. Es un pueblo de esos que da gusto. Hoy voy a destacar dos cosas, solo dos entre tantas. Una la puerta de Santa María, que abre al visitante la muralla medieval que ordenó construir el Marqués de Santillana, Íñigo López de Mendoza, en 1441. La han restaurado hará diez o doce años y es una bonita muestra de la arquitectura gótica militar. Como se puede ver en la foto, tiene el escudo de armas de los Mendoza, señores de Hita. La otra, el Palenque. Un palenque es un lugar cerrado para alguna actividad. Es la cerca, la cerrazón de un lugar público reservado para fiestas, encuentros, ferias. Palenque es también una bonita palabra, procedente del catalán. Es también un pueblo de la mexicana región de Chiapas. Yo hubiera jurado que era un derivado el latín (et palen), pero no, no lo es.

No sé qué tiene esto. Me he echado un pitillo y he vuelto a tomar la carretera por el mismo lugar que he venido, pero al llegar a Tórtola he continuado recto hacia la autovía para correr un poco. No sé por qué me he puesto a ciento veinte si no quería correr, pero lo he hecho. No sé por qué me he ido a Hita, pero me he ido. Y no sé por qué mañana me volveré a ir a no sé dónde, pero lo voy a hacer, si Dios quiere. No sé. No sé qué tiene esto.

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