img_7171Ya comido, me siento a ver a Matías. Bueno, no, Matías es el que sale por la noche. Me he sentado a ver a las otras dos. Y digo: -me voy a dar una vuelta. Y entonces, pasados unos minutos, ocurre que digo que no, que no me voy. Tengo que vencer el sueño y la pereza, me tengo que poner las botas, sacar la chupa y caminar hasta el aparcamiento. Y me he vuelto a sentar. Y he dicho que no voy. Mentalmente calculaba los kilómetros que me faltan hasta completar los dieciséis mil que necesito antes del próximo lunes, que ya tengo concertada la revisión en Madrid, pero no estaba seguro. Al cabo de unos minutos, muy pocos, he ido a la habitación dispuesto a vestirme de estar en casa y me he dicho: -no puede ser. Así que me he pertrechado como Dios manda y le he dicho a mi mujer: -que sí que me voy. Creo que ella se ha partido de risa pensando en el que sí, que no. Lo que no puede ser es tener una Harley-Davidson en el garaje -aunque sea una Street XG750- y no salir a dar una vuelta en una tarde soleada de quince grados mal contados.

Una vez más he salido a la calle sin saber a dónde iba a ir, y he pensado en ir hacia Chiloeches, que es un pueblo que está al sur de la city. Cuando pasas este pueblo quedan unos bonitos pinares a la izquierda, en la ladera, y unas estupendas vistas hacia Madrid a la derecha. Entonces es cuando he pensado en llegar hasta Valdarachas. He pasado alguna vez de largo, pero nunca he parado en aquel pueblo. Pero claro, antes de Valdarachas hay que casillegar a El Pozo de Guadalajara, localidad tristemente conocida por recientes hechos luctuosos que ahora no vienen a mi caso. Antes de llegar a El Pozo, en la rotonda, abandono la CM-2004 y tomo la CM-2027, carretera preciosa donde las haya. Preciosa para quienes gusten del áspero, frío y hosco paisaje del invierno alcarreño. Una carretera llena de curvas, una de tantas carreteras olvidadas por las Administraciones cuyos presupuestos no llegan nunca. Es lamentable que nadie se ocupe de esas carreteras. Nadie.

A derechas va quedando la ladera y a izquierdas se va abriendo un barranco, creo que el de La Culebra, o el de Valdenazor, no estoy seguro. Al fondo se aprecia el antiguo cauce cubierto hoy por nacientes sembrados de cereal que, cualquier día, darán su estirón. Tranquileando tranquilamente he llegado al llano desde el que hay que tomar la GU-205 para alcanzar el pueblo, que está a una tirada de piedra.

Valdarachas es un pueblo desconocido por mí. No sé nada sobre este lugar. Sé que debe tener, como mucho, cincuenta habitantes. He sabido también que Felipe IV, rey de España, en 1648, lo vendió a un banquero llamado Juan Esteban Imbrea y Franquis, que era italiano y pertenecía a la Orden de Malta. Este banquero genovés era acreedor de importantes sumas de dinero que la Corona española le debía y se fue a vivir a Madrid para ir recuperando las sumas que le adeudaban. El rey Felipe IV le concedió los señoríos de Yebes y Valdarachas, para que, con sus rentas, fueran recuperando lo adeudado. También le otorgó los títulos de condes de Yebes y vizconde de Valdarachas.

La iglesia del pueblo está dedicada a San Sebastián. Está en obras o, mejor dicho, están en obras los accesos que conducen a ella, por lo que me he quedado sin poder visitarla. Ya sabe el lector que me gusta visitar las iglesias de los pueblos que voy conociendo. Se trata de una sencilla construcción del s. XVII hecha de sillarejo y mampostería, con buenos sillares en las esquinas. Tiene una puerta de acceso en la parte sur y una torre con estrechos vanos, supongo que para restar peso. He leído que el interior tiene dos naves, aunque en origen solamente tuvo una y, más tarde, hicieron otra. El crucero está cubierto por una bóveda hemisférica que remata en un cimborrio que se ve al exterior.

Eso ha sido todo. He echado el pitillo, claro. Y todo el rato he ido con el soniquete de lo que no puede ser. No puede ser tener una moto y no ir de paseo. Yo no acabo de entender a aquellos que compran una moto, una buena moto, no tiene por qué ser una Harley-Davidson, y a fin de año han hecho poquísimos kilómetros. Yo le he hecho casi dieciséis mil a La Carabela en cuarenta semanas, lo que toca a cincuenta y siete kilómetros al día. También es cierto que hay gente que aprovecha al máximo sus hierros con una sonrisa de oreja a oreja, que yo los veo.

No puede ser. No puede ser tener una moto tan bonita y tan fiable como la mía y no utilizarla. No puede ser. Siempre que puedo sustituye al coche. Qué cosas tiene la vida: con el coche nunca hubiera ido de paseo a Valdarachas. No puede ser.

img_7178Este soy yo, que me he reflejado

img_7174Vista de la torre de la iglesia

img_7175Detalle de la campana

img_7167Vista de Valdarachas desde el llano

img_7165El paisaje alcarreño