Otra equis en mi lista

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El sábado al sol

Resulta que he podido poner otra equis en mi lista. En esa lista voy apuntando los lugares en los que Teresa Sánchez hizo algo importante, como nacer, fundar o morir. Ya tengo su casa natal, en Ávila, ciudad en la que también conozco el Monasterio de la Encarnación y el de San José. Tengo su casa de Salamanca y su última morada en Alba de Tormes. No estoy seguro de si tengo las Carmelitas descalzas de Soria. Y ahora pongo el Carmen de Pastrana, porque el Convento de San Francisco ya lo tenía. Aun me falta mucho para completar sus pasos físicos, y muchísimo más todavía -impensable- para completar sus otros pasos.

Lo cierto es que esta mañana he estado allí. Con un frío terrible y con un sol todo fachada. Un cielo azul, azul, azul y azul me tapaba las nubes que van a bajar esta noche a alegrarnos el invierno. La verdad es que no he pasado nada de frío ni me he congelado. Esos deflectores horribles tienen un efecto muy positivo, igual que tiene un efecto positivo la chupa vieja de cordura, que he llevado consciente de la no velocidad que iba a llevar. Aparte de por motivos tranquileadores, tengo claro que al frío se le combate con la despaciedad.

Para ir he hecho ruta por Chiloeches, Pozo, Aranzueque, Renera y Hueva. La vuelta ha sido, sin embargo, de trámite. Destaco el tramo entre Aranzueque y Hueva. Un trozo de mundo olvidado, despoblado, congelado, descuidado. Un lugar inexistente y hermosísimo, de esa hermosura que da el saberse abandonado, conocerse parduzco y seco porque ni el Tajuña ni el Arroyo Renera saben qué hacer. Un paisaje duro e impresionante.

Pastrana es la capital de la Alcarria. Fue residencia de una de las estúpidas históricas más importantes de nuestro país, la Princesa de Éboli, que rivaliza por ese título con un tipo llamado Víctor Cucurrull, que dice que Santa Teresa era catalana. Ana de Mendoza y de la Cerda se las tuvo que ver con la Santa por motivo de este convento pastranero. El inicio de las obras data de 1569 y la ocupación carmelitana duró hasta que lo dijo Mendizábal. Luego serán las franciscanas quienes lo rehabiliten como convento propio, como hotel y como museo teresiano.

El lugar estaba cerrado. Ya me voy acostumbrando a encontrarme con esta circunstancia que no hace, empero, sino animarme a repetir curso de cuando en vez, cosa que no deja de gustarme. Volver. Siempre volver.

Entre bosques caducados, bosques de pinos, cultivos abandonados, cultivos que no levantan tres dedos de los terrones, entre vegas agrisadas, sobre fríos asfaltos descuidados, en una soledad perfecta, bajo el impotente sol, sobre la Iron -sobre el sonido de la Iron- ajeno a lo que queda fuera del casco, he intentado entender la dureza de la vida de entonces. Entender, para mí, es muy importante. Comprender las cosas es hacerlas tuyas por experiencia o por estudio. Vivir el invierno de ese 1569, por ejemplo. Supongo que, por entonces, vivir consistía en preocuparse de vivir. La leña, el fuego, el alimento, los animales, el oficio; la lluvia, la nieve, el viento helador; la casa, la cocina, la cuadra; la luz, la ventana, el ruido de la calle. Para entender esto, como para entender todo lo que ha pasado, creo que es necesario ponerse en la mentalidad de la época. Solo a los necios se les ocurre juzgar con los ojos y con el criterio de hoy la vida del pasado. Hoy no nos ocupamos de vivir porque simplemente vivimos. No vayamos a pensar que ir a la compra es ocuparse de vivir.

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Pastrana se camufla a la vista de todos
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Convento de El Carmen

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