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La Cabezota junto a la iglesia de San Jorge

Cuando voy por la carretera todo el mundo me adelanta. Me adelantan los coches rojos, los coches grises y los coches blancos. Me adelantan las motos y también algunas furgonetas. Me adelantan los que tienen prisa y algunos que no tienen tanta prisa. A mí me adelanta todo el mundo. Hoy me ha vuelto a pasar. Se me ha ocurrido ir a Hita a tirar mierda por las cunetas de la CM-1003 y no han dejado de adelantarme coches. Menos mal que se me ha ocurrido cambiar el rumbo y pasar por Tórtola, por ese tramo encantador que sale de Fontanar. ¡Qué ratito más bueno! Una temperatura perfecta y, por fin, ya sin esos molestos perseguidores, he encarado hacia Hita con el sol a la espalda. No es lo mismo ir con el sol de cara que ir con el sol de espaldas. Cuando llevas a Lorenzo detrás las cosas se ven mucho más bonitas en una tarde así.

Lo cierto es que ya estaba llegando a Hita y he dicho: -¡qué coño Hita! Y ni he entrado. No me había dado tiempo a… a no sé qué, pero no me había dado tiempo. Necesitaba unos pocos kilómetros más, por lo que he seguido adelante. Al poco se me ha insinuado Padilla de Hita. Luego lo ha hecho Casas de San Galindo, pero no les he hecho ni caso. Bueno, he mirado un poco de reojo y he visto de remoquete los flecos del mantel de la Alcarria que se extiende hacia la izquierda. Y claro, una vez que me he envenenado no he podido resistir al siguiente pueblo: Miralrío. A mí me dicen Miralrío y pienso: “Urbanización Miralrío. Chalets pareados de 220 metros cuadrados con parcela de cuatrocientos cincuenta. Las mejores calidades. Supermercado cercano y estación de servicio. Ideal para familias. Miralrío: la solución para su vida”. Pero ya no. Ahora Miralrío es un pueblo encantador, que ha debido perder habitantes como churros y que tiene una preciosa iglesia dedicada a San Jorge.

He encontrado por ahí un apunte histórico que dice que este pueblo “está en un alto, con buena ventilación y clima sano”. Y tan alto que lo es. Das la vuelta a la iglesia y te encuentras en una terracita desde la que se ve el planeta casi entero. Una pasada. Algo fascinante en una tarde de limpieza, en un rato de sosiego, en un minuto de soledad, en una escapada ilimitada de dos horas con quince grados mal contados. Un hallazgo que sorprende al urbanita más pintado. Cinco minutos de poyo de piedra para ver y contar los campos que empiezan a nacerse otra vez de nueva vida. Cinco minutos porque no hacen falta más, que el Bornova sigue trabajando para que todo verdee como Dios manda.

Tras esos minutos de nada he tomado hacia Jadraque porque quería ver el castillo cara a cara. Y es que resulta que si el motero va a Jadraque por esta carretera hay un momento en el que puedes mirar el castillo de tú a tú. Es bonito verlo de esta manera, con la pobre sierra pobre reteniendo lo que le queda de nieve.

A la vuelta, en Torre del Burgo, he cambiado la dirección y he ido hacia la N-II a saldar las cuentas que tenía pendientes con los coches rojos, los coches grises y los coches blancos, con esas motos y furgonetas que me adelantan siempre. Esos que me adelantan cuando tienen prisa y cuando no. Ya había recorrido en otras ocasiones el tramo entre este pueblo y Torija. Es la GU-190 que, en esos pocos kilómetros, muestra lo mejor de la olivería alcarreña que compone el refajo de la falda de la N-II por la derecha según vas para Madrid. Un tramo realmente recomendable si no tienes nada mejor que hacer o si necesitas algo de limpieza interior. Cuando coronas el puertecito te incorporas a la autovía una vez atravesado esa especie de parque logístico malparido o malaprovechado. La autovía ha sido el lugar de mi venganza. Ahí he adelantado yo a los coches rojos, a los coches grises y a los coches blancos, a esas motos y furgonetas que me adelantan siempre, a esos que me adelantan cuando tienen prisa y cuando no.

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Vista desde Miralrío
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La iglesia de San Jorge y el balconcito