Caminos para ser otro

IMG_4606Resulta, amigo lector, que las carreteras son una parte importante de nuestra historia. Las carreteras son herederas de los caminos que la humanidad ha ido abriendo por ahí desde el principio de los tiempos. Los caminos, sin duda, se fueron adaptando. Seguramente los primeros caminos ni siquiera fueron caminos, es decir, los humanos íbamos por el campo, sin más, y seguramente fue la costumbre la que abrió el primer camino. Cuando una persona recorre siempre una distancia por el mismo lugar, acaba haciendo mella en el suelo, y si esa mella la siguen más personas, ahí tenemos un futuro camino. Las primeras veredas debieron surgir por la costumbre socializada de ir de un sitio a otro por el mismo lugar.

Cuando el tipo listo que inventó la rueda la puso en marcha, esas veredas debieron convertirse en los primeros caminos. De una rodada, de un sendero, pasamos a dos. Por tanto, el camino duplica su anchura y los requisitos empiezan a quebrar la cabeza de los ingenieros. Y, además, claro, una persona puede trepar un metro de piedra para continuar su marcha, pero una carreta con dos ruedas puestas en paralelo, no. Y es entonces cuando la ingeniería afila su ingenio y alguien decide que el camino tiene que rodear el obstáculo. No sé si será cierto o es una simple leyenda, pero se contaba que para buscar el mejor trazado para hacer un camino que atravesara los montes bastaba con buscar un burro, atarle dos fardos de cal y rajarlos, y espantar al animal en la dirección correcta, de tal forma que se quedase marcada de blanca la ruta más sencilla. Los burros no son tan tontos.

Ahora viene una mejora importante: la de sustituir el suelo natural por otro que facilite la movilidad. Los romanos utilizaron piedra, en España utilizaban arena… cada pueblo se espabiló y, según sus circunstancias, iban convirtiendo los caminos en lugares privilegiados de los que los poderosos no tardaron en aprovecharse.

La aparición del automóvil -y de la velocidad- marcó otro hito importante en la historia de los caminos. El asfalto, la mejora sustancial de las circunstancias que los nuevos engendros mecánicos tienen que atravesar, empieza a cubrir esos caminos que trazaron los burros o que empedraron desde los romanos hasta Primo de Rivera.

Luego vino la seguridad. Los caminos se hicieron más anchos y se convirtieron en carreteras para hacer de los espacios de tránsito lugares en los que no fuese necesario jugarse la vida. Las carreteras duplicaron su espacio y se convirtieron en autovías y autopistas. Pero ocurre un fenómeno curioso. Encontramos autovías que no son más que la duplicación de una carretera y encontramos, por otra parte, autovías de nuevo trazado.

Cuando vas por ahí en la moto enseguida se distingue la historia de cada carretera que hollas. Las carreteras pequeñas, asfaltadas o no, sortean los obstáculos, suben y serpentean, bajan y menudean, y juegan con los ríos. Las carreteras que son un poco más importantes alternan su llaneo con subidas amables y bajadas poco pronunciadas. Las carreteras que fueron duplicadas -las autovías- rozan lugares interesantes sin perderse de vista ambas calzadas. Las autopistas, por fin, arrasan con lo que encuentran por delante.

Viajar en moto es estar dispuesto a perder el tiempo y entretenerse en ir por esas carreteras antiguas. Antiguas, aunque estén perfectamente asfaltadas. Las ciudades crecieron en su torno. Las ciudades fueron también sus polos de atracción. Los pueblos que molestan a los automóviles que van del punto A al punto B son la vida de esos caminos. Ahora, hoy, vemos cómo se mueren esas carreteras y esos pueblos, porque lo importante es ir rápido y volver cuanto antes.

Viajar en moto es olvidarse de lo civilizado que es salir a la hora prevista y volver según el plan establecido. Es sustituir el reloj por la capacidad del depósito de gasolina. Es cambiar las obligaciones obligatorias por las conversaciones intrascendentemente trascendentes con los amigos. Es dejar de ser D. Francisco por un rato y ser Paco. Es convertirse en el Juana la Loca de Sabina (Luca de Tena, Juan Ignacio, tiene escrita una divertida obra llamada D. José, Pepe y Pepito, en la que los papeles se trastocan en sentido inverso al tratamiento de sus nombres). Cambiar, ser otro… o ser uno mismo, o renovarse, o simplemente dejarse aprender. Olvidar la convención, olvidar la posición, la cuenta corriente, olvidar el adosado.

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