img_6564Hoy ha sido un día estupendo. Mi mujer ha querido venir de paseo con la moto y eso me ha hecho una ilusión enorme. Es cierto que desde que puse el respaldo es más fácil que cualquiera de mis mujeres se quiera apuntar a un paseo. Así que nos hemos ido por ahí, a tranquilear, sin que la cosa haya pasado de sesenta kilómetros en cuatro horas.

Ese puertecito que se sube tras dejar atrás Iriépal, con partes umbrías y húmedas, esas vistas sobre la capital de España y sobre la de Guadalajara en primer término, son una maravilla. Una vez en lo más alto de arriba, la primera parada ha sido en Aldeanueva de Guadalajara, uno de mis sitios favoritos. El paisaje no estaba tan hermosamente coloreado como en otras ocasiones. Según un agricultor con el que hemos conversado, lo que no puede ser son esta temperaturas y esta sequedad en un sitio en el que, de siempre, a estas alturas, hay un metro y medio de nieve. Lo cierto es que la mañana estaba plácida con un espectacular sol calentando.

Desde ahí hemos tomado la carreterita que lleva hasta Torija, que es donde hemos comido. La carretera tenía unos cráteres del tamaño de Júpiter. Una vez más indigna que las Administraciones públicas no hagan su obligada tarea de conservación de las obras públicas. Parece mentira.

Una vez en Torija nos hemos apuntado a un menú del día más que digno en Casa Pocholo. Muy bien, la verdad. Al acabar hemos tomado el sol unos minutos en la plaza, ante el castillo templario de la población, y hemos tomado de nuevo la carretera, pero ya para volver a casa. Hemos atravesado la N-II y nos hemos plantado en Torre del Burgo. Hay toda una bajada espectacular que deja ver a su derecha gran parte de la comarca de la Alcarria en la que destaca, en primer plano, el pueblo de Hita. Precioso el paisaje, precioso el sol, preciosa la temperatura y preciosa la compañía, que no ha sentido miedo en ningún momento.

Finalmente no hemos parado en Tórtola de Henares y hemos llegado directos a casa. Ha sido un buen rato, un buenísimo rato, de esos que hace falta pasar de vez en cuando porque, aunque no haya estado muy planeado ni hayamos tratado temas transcendentales, son situaciones bonitas, de esas situaciones de las que está compuesto nuestro matrimonio. Nada importante, nada no importante; nada imprevisible y todo imprevisible; ahora vamos, ahora no vamos. Moto y matrimonio, curiosa combinación para un solitario tranquileador acostumbrado a respirar solo dentro del casco. Genial. Habrá que repetir muchas veces.

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