Como un príncipe

img_7031Y mire el lector que esta mañana, hasta el último minuto, tuve dudas. Incluso caminando hacia el parking estaba indeciso. Pero me he dicho: -qué cojones!, y me he ido a trabajar con la Carabela.

Hacía tres grados de temperatura, pero me parece que los tres grados de temperatura de hoy no son como los tres grados de temperatura cuando vienen de una noche bajo cero. Yo no acabo de entender eso, pero lo cierto es que no son iguales esos tres grados a los tres grados de hoy.

He descubierto, ya en el garaje, que me da pereza vestirme de motorista. Me he dado cuenta y he dicho: -no, hazlo bien. Y me he vestido bien. El cuello, el cubrepantalón… todo bien puestecito. Los guantes. Me he puesto los guantes… y me siguen resultando amorosos. No son unos guantes técnicos, pero supongo que son suficientes para su función.

Salgo a la calle y salgo a la carretera. El sol también ha salido, que son las ocho y diez. He buscado mi sitio y lo he encontrado. Yo, cuando salgo a la carretera, siempre busco mi sitio. A mí me parece que los coches que circulan por la autovía van como en paquetes. Primero pasa un paquete, luego otro, y así sucesivamente. Bien, pues yo salgo a la carretera y busco el final del paquete en el que me ha tocado ir, y me quedo detrás. Me pongo a noventa o cien, y me quedo ahí. Me gusta buscar mi sitio y encontrarlo. Mientras van pasando los kilómetros, parece que el paquete se deshaga, y ese es el momento de decir adiós con la mano derecha a algún camión que otro.

Estando en estas, con el día recién estrenado, con mi chupa y mis guantes, el cubrepantalón, el casco, me he sentido protegido. Montar en moto en una carretera de alta velocidad es una cosa peligrosa, y puede llegar a ser peligrosísima al menos, por tres razones: el estado de la carretera, la actitud de los demás conductores y la actitud propia. Con que, si falla una de ellas, puede que veas acabar tus días. Así lo pienso y por ese motivo procuro granjearme la amistad de los santos del cielo cada vez que salgo por ahí.

La vuelta ha sido parecida, pero con dieciséis grados de los buenos. He regresado de nuevo por la autovía y he aprovechado para colocar los pies en las estriberas que tengo instaladas en las defensas. Y me he sentido como un príncipe. A cien, o tranquileando, o adelantando solo con hacer así con la mano sobre el puño derecho de la Harley-Davidson Street 750. Sabiendo que hay mucho más bajo el depósito y sin importarme, porque no necesito que me lo dé todo siempre, ni necesito correr todo el rato, ni necesito adelantar a todo el mundo, ni tengo prisa por llegar ni por no llegar. Hoy por la carretera, iba yo como un príncipe. Y, además, protegido.

Es posible que algún día me acostumbre a esto, aunque de momento no parece que lleve camino de ello.

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