20170902_105158
Foto hecha por Darío

A veces, cuando viajo en coche y a causa del sueño -por ejemplo, después de comer- se me hace difícil conducir en buenas condiciones. En ese caso, fumo, o bajo la ventanilla para que entre el aire a raudales, o pongo la música a tope y me pongo a cantar, o paro el coche unos minutos. Es peligroso conducir con sueño. Esto nunca me ha pasado en la moto. Nunca me ha pasado… hasta el domingo pasado. Como podrá recordar el lector, el domingo pasado, en el viaje de regreso desde la Peña de Francia, nuestro grupito de motos paramos a comer en un restaurante de El Barco de Ávila, en un lugar que no recomendaré. Tras la comida iniciamos la siguiente manga que nos llevaba hasta Ávila capital. Una vez puestos en ruta, yo, dentro de mi casco, pensaba justamente en esto, en el sueño que me suele entrar después de comer cuando voy en el coche, y pensaba que no pasaba nada porque en la moto nunca me ocurriría lo mismo. ¿Nunca? A los pocos minutos comencé a sentir sueño.

No me lo podía creer. Me estaba entrando sueño de la misma manera que cuando voy en el coche. Pero claro, en la Iron no puedo bajar la ventanilla, ni fumar ni poner la radio a tope. Uf! Aquello no pintaba bien. En ese momento yo lideraba la rodada. Delante había coches y detrás había cuatro motos con cinco personas encima. El sueño comenzó a ser algo más pronunciado y yo, que no tenía previsto morir el domingo, no tuve más remedio que actuar. Y se me ocurrió ponerme a cantar. Ya comenté en su día que el casco que tengo es un LS2 Valiant, una especie de casco convertible que se puede colocar en dos modos: modo integral y modo yet. Esa tarde lo llevaba puesto en modo jet, pero ni el airecito fresco podía con el sueño. Entonces fue cuando me puse a cantar. Cuando hablas con el casco puesto, al tener tapados los oídos, no te oyes a ti mismo por fuera sino que te oyes por dentro, y tu voz en alto parece un pensamiento que salga sin permiso. Me puse a cantar lo primero que se me ocurrió. Claro, para ponerse a cantar necesitas saberte la canción. Y canté lo primero que se me ocurrió, que fue una canción de Joan Manuel Serrat. Una de esas canciones que el cantautor catalán hizo sobre algunos versos de Antonio Machado. La canción se llama Llanto y coplas, y dice así:

Al fin, una pulmonía mató a D. Guido y están las campanas todo el día doblando por él: ¡din, dan! Murió D. Guido, un señor de mozo muy jaranero, muy galán y algo torero; de viejo gran rezador. Dicen que tuvo un serrallo este señor de Sevilla; que era diestro en manejar el caballo y un maestro en refrescar manzanilla. Cuando mermó su riqueza era su monomanía pensar que pensar debía
 en asentar la cabeza,
 y asentola
 de una manera española, que fue a casarse con una
 doncella de gran fortuna. Y repintar sus blasones, hablar de las tradiciones de su casa. A escándalos y amoríos, poner tasa sordina a sus desvaríos.

Gran pagano,
 se hizo hermano de una santa cofradía; el Jueves Santo salía 
llevando un cirio en la mano. ¡Aquel trueno vestido de nazareno! 
Hoy nos dice la campana que han de llevarse mañana al buen D. Guido, muy serio, camino del cementerio. Tu amor a los alamares
 y a las sedas y a los oros, y a la sangre de los toros
 y al humo de los altares. ¡Oh, fin de una aristocracia!
 La barba, canosa y lacia, sobre el pecho, metido en tosco sayal. Las yertas manos en cruz. Tan formal el caballero andaluz.

La canté dos o tres veces, no lo recuerdo. Y tardé lo menos veinte minutos en destrozar, a voz en grito, la lírica machadiana, pero funcionó. Al finalizar, el sueño había pasado de largo y no volvió a aparecer hasta las once, que fue cuando me rendí en mi cama.

Hasta aquí, todo normal y sin trascendencia, podría pensar el lector. Pero es que mientras ocurría esto, pasó otra cosa que me dejó preocupado. Todo el mundo sabe, o ha podido experimentar, esas ausencias que parece que todos tenemos cuando vamos en el coche. De pronto nos damos cuenta de que han pasado treinta kilómetros sin conciencia de haberlos conducido. Pues eso mismo me pasó en la moto. Recuerdo haber empezado a cantar a Serrat y a Machado y recuerdo que “ya no tengo sueño”, pero no recuerdo toda la fase intermedia. Ausencias sobre una moto… No sé si es que en ese momento se ponen a funcionar ciertos automatismos de esos que tenemos los humanos, o si es inconsciencia, o si es alteridad… no lo sé. Lo que no dejo de preguntarme es ¿quién condujo mi moto desde El Barco de Ávila hasta Ávila?

Con esta cuarta entrega finalizo mis aproximaciones a lo que ha sido esta ruta hasta la Peña de Francia. Las crónicas que escribo -si es que pueden llamarse crónicas- son poco convencionales y no suelen referirse ni citar cosas como la presión de los neumáticos, el contramanillar, el consumo de combustible, el funcionamiento del embrague o del ABS. Los escritos que hago suelen tratar sobre cosas intrascendentes, y eso me gusta.