mar.pngAhora, siendo mayor, que lo de siendo joven no vale, he tenido dos motos: una Suzuki Marauder GZ250 y la actual Harley-Davidson Street XG750. La primera, la Santamaría, era una belleza. Estaba destrozada por dentro, que es como me quedé yo cuando la tuve que cambiar para no matarme por culpa del indeseable que me la vendió en Alcalá de Henares, aquella infecta tienducha en la que rije la norma de la mentira y el mal ajeno. La segunda, La Carabela, funciona perfectamente. Yo no soy muy exigente con las motos, me suele bastar con que me gusten y que funcionen bien, y la HD lo cumple a la perfección.

Este post, querido lector, nace de una reflexión que me rondaba esta mañana cuando, embarcado en mi HD, congelado por el frío del centro peninsular, me paseaba hasta la parcela. ¿Por qué es tan bonito ir en la moto? ¿Por qué me gusta tanto montar en mi Harley-Davidson? ¿Qué tiene esto? Son una serie de preguntas sobre las que me hago unas cuantas reflexiones.

En primer lugar, y antes de nada, voy a sentar un principio, el principio: mi moto es una Harley-Davidson. No es una moto cualquiera a la que le han puesto una chapa o una pegatina. Es una Harley-Davidson hecha en India, como las Royal Enfield, por ejemplo. Lo digo porque no suena como una Harley-Davidson de las de siempre, tiene plástico en algunas partes, es de inyección, tiene refrigeración líquida y un buen radiador justo detrás de la rueda delantera. Porque las jarlys tienen que ser de carburación, y meter mucho ruido, y petardear, y tener cromados en abundancia… ya lo sé, y me encantan esas motos, soy al que más le gustan esas motos preciosas, simples y llenas de virtuosos defectos que las hacen únicas para un usuario apasionado. Pero estamos en 2017. Tras el proyecto Rushmore, tras la Vrod, tras la 108, con la normativa mundial anticontaminación… las cosas han cambiado. ¡A ver si va a ser que Harley-Davidson es la primera vez que tiene que cambiar!

Con ese párrafo quería zanjar el asunto. No vaya a ser que sea mucho mejor el Seat 1500 que el último modelo SEAT León. No vaya a ser que sea mejor el Renault 18 que el nuevo modelo Renault Laguna. No vaya a ser… Otra cosa diferente es que los modelos más antiguos, la mecánica de mano, la no electrónica… tengan un encanto especial también para mí, que me encanta hacer pequeñas cosas en las motos. Aclaro todo esto porque a partir de ahora, en este artículo, cuando diga “mi Harley-Davidson”, me estaré refiriendo a la Harley-Davidson Street XG750.

Yo puedo comparar la sensación de conducir una Marauder y una Harley. Tengo claro que montar en moto es montar en moto, y rodar con los amigos es rodar con los amigos, sea con la una o sea con la otra. No voy, por tanto, a hablar sobre este asunto. Tampoco quiero hablar de la fiabilidad. Yo he aprendido mucho sobre la fiabilidad. Lo que quiero es hablar sobre por qué me emociona conducir y rodar con la Harley. Cuando llego al garaje se me despierta el corazón, y hay veces que me da un vuelco. Y sonrío. Y digo en voz alta: joder.

Al arrancar, en frío, la moto no suena bien. No es un sonido atractivo. Por lo general, a muy poca velocidad, la moto no suena a mi gusto. Tiene que pasar un rato, tiene que calentarse en la carretera, poco a poco. También es cierto que ahora, con casi quince mil kilómetros, el sonido ha cambiado él solito muy a mejor. Suena más grave, más a borbotones. Ese es el sonido que me gusta. Lo hace más y mejor cuando circulo a 80 km/h en sexta velocidad, pero ya lo hace casi en cualquier circunstancia. Cuando atravieso una población, ese sonido parece llamar a las ventanas que, a vuelta de correo, envían su telegrama de bienvenida. No es un sonido estruendoso, ni mucho menos. Es un sonido discreto, distraído de cuando en vez con el molesto zumbido de la inyección electrónica en las circunstancias en que ese sonido se manifiesta. Pero no me importa. La Marauder sonaba mucho más fuerte, era un sonido más clásico, más de moto custom, pero no lo echo en falta.

Saludo al paso de los moteros, de cualquier motero. Cuando quien viene es otra Harley abro la palma de la mano izquierda y la dejo caer haciendo un ligerísimo aspaviento. Y pienso que ese que ha pasado está gozando de la vida como yo… o más que yo. Y me alegro por él, sobre todo si lleva la moto limpita y a punto, que es como a mí me gusta.

¡La emoción! Nuestra amiga Wikipedia dice que las emociones son reacciones que representan modos de adaptación a ciertos estímulos del individuo cuando percibe un objeto, persona, lugar, suceso, o recuerdo importante. Alteran la atención, hacen subir de rango ciertas conductas, activan redes asociativas relevantes en la memoria, organizan las respuestas de distintos sistemas biológicos, incluidas las expresiones faciales, sirven para establecer nuestra posición con respecto a nuestro entorno, y nos impulsan hacia ciertas personas, objetos, acciones, ideas y nos alejan de otros. Los diversos estados emocionales se convierten en sentimientos y, finalmente, en lenguaje.

Yo, cuando salgo a tranquilear con mi Harley-Davidson, siento una reacción espontánea, se me activa el yoquésé, se me cambia la cara, veo las cosas de otra manera, dejo atrás algunas cosas y dijo joder. Aun así, tras todo esto, solo me queda por decir que yo no puedo explicar lo inexplicable.

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