Despacio y silencio

El reto se repite. El reto, una vez más, es escribir lo que no se puede escribir. El relato épico de algo que no es épico sino místico, de algo que no es místico sino lírico. De algo que ha durado tres días, que acaba de desaparecer justo al apagar la moto. Algo que, aunque acaba de desaparecer, va a permanecer en algún lugar oculto al que nadie va a acceder salvo tú, amigo lector, al que ofrezco unas simples trazas para que te hagas una idea, porque no voy a poder escribirlo ni describirlo: una ruta épica llena de mística y plenamente lírica.

Pero para poder escribir lo que no se puede escribir he de mencionar, en primer lugar, las dos claves -las dos llaves- de esta hermosa ruta. Las dos claves han sido despacio y silencio. Despacio en el rodar, en el respirar, en el sentir. Despacio en el ver, en el considerar, en el pasear. Y silencio en la palabra y en la mirada, silencio en el gesto y en la cercanía, silencio en el día y en la noche. Silencio por dentro y por fuera. Despacio y silencio. Porque íbamos de ruta al Monasterio de Silos, al Monasterio de Solos, a un hotel que está en el Camino de Nuestra Señora del Paraíso. Y es ahí, en ese paraíso, donde el despacio y el silencio han ligado y se han arrimado, es ahí, digo, donde alguien, mil gracias derramando, pasó por esos sotos con presura y, yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura, que es tal y como permanecen a día de hoy. He paseado esas verdes praderas en las que recostarse y he visto las graciosas gacelas que corren saltarinas como si las estuvieran apretando los huevos o como si el suelo estuviera ardiendo. Estas dos claves de ruta, despacio y silencio, han sido más importantes que Google Maps, más que el engrase de la cadena y más que las pipas que nos comimos sentados en no sé qué parque.

El relato épico de algo que no es épico sino que es místico, el relato de algo que no es místico sino que es lírico. Parece complicado, pero desde dentro no es difícil. Vayamos por partes. Primero, la épica.

La épica de empezar la aventura y del saberse capazmente incapaz de bregar con los kilómetros, con el peso del paquete, con las nubes condenadas y con el frío que se queda. La épica de rodar duro para conquistar castillos, ruinas y abadías heridas de muerte por el puñal del tiempo. La épica de la navaja con la que cortas el pan nuestro de cada ruta. La épica de la ruina, la épica romántica del románico arruinado, porque en Arlanza, en el Monasterio de San Pedro, solo quedan los principios, los pilares. Solo quedan los arranques de las cosas que un día fueron y que ya no son, o que son en la mirada del que sabe ver y en el oído del que sabe escuchar.

La mística de la voz. La mística gutural que envuelve el secreto del amor, que es la palabra que es el Verbo. Porque asistir a uno de los rezos de los monjes de Silos no es bonito porque canten bien, sino que es bonito porque cantan con amor. A los que somos padres nos gustan las cosas hechas con amor, aunque estén mal hechas. ¿Cuántos regalos del día del padre, esos que hacen los niños en el colegio, nos han encantado, y guardamos en alguna parte, aunque no sean más que un montón de ralladuras sobre la silueta que imprimió la profesora? Allí, en aquella abadía, las voces suenan, y la letra latina de lo que dicen suena más aun, pero da igual, porque basta con que sea un canto enamorado para que le guste al Destinatario. Por supuesto que sonaba maravillosamente bien, pero desde el primer momento supe que no cantaban para mí, porque a mí solo me canta mi morena. Ojo, que a la morena la he elegido yo, o ella a mí, o ambos. Da igual. Es de las pocas cosas que he podido elegir porque a los padres no los eliges, ni a los hermanos ni a los hijos tampoco los eliges. Te toca lo que te toca y ya está. En ese sentido, yo he tenido suerte.

La lírica de las flores, de la piedra del río Cristóbal y del aire del bosque de Marta. La lírica de las talladas piedras de Santa Coloma de Albendiego, que esperan con paciencia a otro admirador. La lírica de las revueltas del alto de Miedes de Atienza que te vomitan hacia la tierra pura de Soria. La lírica de los campos de Caleruega, que saben de guerra y de primavera. La lírica de los capiteles del claustro de Santo Domingo de Silos, de Solos, que cantan su verso a quien acerca el oído. La lírica de Recla y de las buitreras de Maderuelo.

Rodar por lugares conocidos y rodar por lugares desconocidos. Descubrir que ya sabes cosas que has aprendido y comprobar que hay cosas que nunca vas a aprender, como que en una curva a derechas de ciento ochenta grados, subiendo un puerto de dudoso asfalto, venga un coche distraído y claves el freno delantero, que la moto se detenga y que tengas que ponerte en marcha de nuevo con unos cuantos kilos de más. O que tu sentido de la orientación no es fiable cien por cien porque te pienses que, en Aranda de Duero, hayas tomado la vía correcta.

Rodar lo conocido, rodar lo desconocido… o que te rueden. No, amigo lector, que no te rueden. Rueda tú, toma tú la decisión. Mete la primera de un zapatazo, suelta el embrague, dile a tu morena que la quieres y sal rodando, que el Dios de las praderas verdes, de los cantos latinos, de las curvas cerradas, de las ruinas memorables y de los memos que van enlatados te espera despacio y en silencio.

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