Donde está la realidad

Menuda ruta había planificado para ayer mismo: salir de casa, engrasar la cadena en la parcela, pasar por El Berrueco, tomar la carretera hacia Puebla de la Sierra, subir el Puerto de la Hiruela y llegar hasta el Puerto de la Quesera, continuar hasta Riaza y emprender la vuelta hasta mi casa (volver a casa es lo más importante). Una ruta de trescientos kilómetros frescos, que el día estaba así, y con el aliciente añadido de rodar con ruedas nuevas en la moto. Lo cierto es que no he hecho la ruta entera porque, estando en el Mirador del Mallorquín, he sentido la necesidad de cambiar también mis propias ruedas.

Los neumáticos nuevos (Michelin Anakee Adventure) se los he puesto en un sitio de los de toda la vida. Tras dieciséis mil kilómetros se los he cambiado en Rodríguez San Pedro y no han discutido si tenía que cambiarlos o no, cosa que sí que hicieron en el concesionario BMW en el que perdí la negociación: no había que cambiarlos todavía.

Los primeros compases han sido realmente extraños porque la moto me obligaba a tumbar más de lo que me parecía necesario. Es como si los nuevos neumáticos, en vez de tener el perfil perfectamente circular (a mí me parece lógico que los neumáticos tengan el perfil de sección circular) tuviesen un perfil apuntado hacia el centro de la banda de rodadura de tal manera que, al tomar una curva, el mismo perfil obligase a la moto a adoptar un ángulo de inclinación superior al necesario, dificultando la posterior recuperación de la verticalidad al entrar en recta. Esto ha ocurrido durante los primeros doscientos kilómetros.

Ahora que la moto ya balancea sin irregularidades voy apreciando el agarre. Es curioso: con la moto nueva, con los neumáticos nuevos, vas tan contento porque ves que se agarran bien al asfalto, porque ves que no hacen extraños, porque ves que el agua no empaña demasiado la trazada. Ese agarre va desapareciendo con el paso del tiempo sin que te des cuenta y, cuando cambias el calzado de la moto, te viene a la cabeza aquel primer momento del estreno y te das cuenta de lo que has ido perdiendo con el tiempo.

Nosotros también vamos perdiendo con el desgaste y, cuando te recuperas, te das cuenta de que ibas arrastrado por la vida, sin agarre, endurecido, cristalizado, lleno de muescas en las gomas y, por supuesto, sin pelos. Pero bueno, esto tiene remedio: coge la moto, vete al crómlech natural del Mirador del Mallorquín y para. Para porque ya no puedes más, que tienes la boca seca y el estómago vacío, el corazón enlentecido y el alma sin planchar. Paras, digo, y te das un paseo por ahí arriba y miras el valle y miras el barranco y miras los montes y miras las piedras. Mientras esperas, mientras te absortas, se produce la cirugía cardíaca, almática, y te quedas en paz. Y te das cuenta de la realidad. Te das cuenta de que la realidad es una, no son dos. Te das cuenta de que eres lo que eres, no lo que dices que eres. Te das cuenta de que la naturaleza es lo que es y no lo que te quieres inventar.

Yo creo que no nos tenemos que dejar engañar. Yo creo que la realidad está ahí y creo que cualquiera la puede encontrar. Yo creo que soy lo que soy, que eres lo que eres y que son lo que son. Solo hay que descubrirlo. Solo hay que cambiarse las ruedas. Solo hay que irse a respirar. Solo hay que querer ir donde está la realidad y rendirse.

Michelin Anakee Adventure
Mirador del Mallorquín
La Marifácil
Presa de El Villar

4 comentarios sobre “Donde está la realidad

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  1. Me estoy sacando el A2 para hacerme una motera en condiciones.
    Antes ya lo hacía pero siempre de paquete.
    Ahora quiero vivirlo…..como tú.
    Un placer contar cómo lo disfrutas.
    Saludos

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  2. Bonita prosa….y bonita ruta, si señor!!
    Pero me temo que hasta aquí llega mi coincidencia…. La realidad (las realidades) no son una ni inmutable ni invariable….
    Lo que es indiscutible para mí puede resultar irrelevante para otro ….
    Y uno, motorista curtido en mil paseos, ya lo sabe. Por eso, casi siempre acaba rodando sólo. Sin esperar que la masa comparta con él su realidad.
    En este caso haré una excepción, y la próxima vez que recorra la Campiña Baja aceptaré tu realidad y visitaré el Mirador del Mallorquin. Aunque para eso deba variar mi repostaje, cambiando los callos de Guti en Malaguilla por el almuerzo en Torremocha.

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