Yo – 1, yo – 0

Te haces grande cuando sales de casa con la moto. Te haces pequeño en casa. Te haces tan pequeño como tu tercer dedo del pie derecho. Oyes otros colores, hueles otros aires, ves otra luz, sabes otros soles y tocas otros cabellos, y sientes otra cosa diferente que el paso que marca el reloj del pasillo. Y en tu interior se instalan nuevos inquilinos que toman posesión como para quedarse toda la vida. Pero como todo se acaba en esta vida, ya tocaba desalojar determinados pasajeros, determinados ocupas que se creyeron con derecho al tiempo. Y eso es lo que he hecho ayer y hoy.

Ayer, al recoger la moto del taller de motos, que antes estuve en el taller de personas, al salir por esa puerta que se abre sola -o no se abre-, que baja la cuesta y empalmas con la calle si no viene nadie, ahí, al descender, se me ha bajado a las plantas lo poco que me quedaba de hombre y salí hacia la gasolinera de Fontanar despacio y despaciadamente separado del resto de mortales. Pero cuando he parado, he patacabreado, me he desguantado y he agarrado el boquerel, entonces, digo, se me ha subido a la cabeza el octanaje que tenía aletargado en el interior de algún cajón desconocido.

Por otra parte, lo de hoy ha sido diferente, porque rodar entre 3 y 7 grados no es lo mío -quizá lo fue, pero ya no-. Es que hoy hacía un frío de tres pares de pistones y por eso he desistido. Es que la rueda trasera me ha patinado con un toque semiterciado de la palanca correspondiente. Es que las ruedas seguro que están un tanto deshinchadas tras dos meses de inactividad. Es que la cadena se ha destensado -que se ha destensado de estar quieta-. Es que no he puesto las baterías a los guantes calefactados y por eso se me han congelado las puntas de los dedos. Es que se me ha olvidado ponerme forro polar y he pensado que bastaba con la camiseta de esquiar -quien esquíe- y con el chaleco de inviernillo. Es que no me he puesto los calcetines antibalas y se me han congelado los pies (materia sensible). Es que no he visto a ningún otro idiota en moto por la carretera de Hiendelaencina. Es que he parado en Fuencemillán y no he querido seguir porque ya no podía más de frío. Es que… es que todo lo que tú, amigo lector, puedas imaginar. Y he perdido. La primera salida en dos meses y he perdido. La primera batalla y he perdido. 

Al parar, echar un rato al sol y volver a poner morros a mi casa (volver a casa es lo más importante) he empezado a sonreír dentro del casco. Solo un motero sabe de qué estoy hablando: sonreír dentro del casco. Y es que, a pesar de todos los esques que has leído y de otros esques que no he escrito, a pesar de todo, hoy he ganado la guerra. Hoy he ganado el partido. Porque el enemigo de hoy no era ni el frío ni el forro polar ni el derrape ni los guantes calefactados ni el chaleco ni los calcetines. El enemigo de hoy era el miedo.

Hoy, en pie ante la vida y su Señor. En pie ante el miedo. En pie ante mi familia. En pie ante mis amigos. En pie ante mi mismo. Hoy, yo uno, yo cero.

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