Bien están las nadas

Hoy he salido después de las once. Como los ricos. Como los señores. Como los que no tienen nada que hacer. Porque hoy he salido a no hacer nada. La temperatura ha subido hasta los nueve grados en la fase final y la temperatura mínima ha sido de cuatro. Esos cuatro grados han permanecido casi todo el trayecto hasta El Cubillo de Uceda, que es donde me he parado para dar la vuelta, porque no todo en esta vida son motos.

Me he pertrechado a conciencia. He preparado con metículo los arreos de motero. La previsión daba mucho frío y me he gustado preparando y disfrazándome de aguerrido caballero de las motos y, aun así, sigue estando insondado para mí el misterio de no pasar frío porque, tarde o temprano, me entra por el cuello un carámbano asesino que te hace desistir de esa nada de paseo.

He utilizado el uso combinado de dos elementos: los puños calefactables de la BMW y los guantes Vquattro Design. Los puños de la 750GS pueden ponerse en cuatro posiciones: una es la normal y, las otras tres, son diferentes modos de intensidad de calor, siendo la más suave de ellas suficiente para la mayor parte de las aventuras que me he marcado con la Marifácil. Pero ocurre que el calor que recibo en la palma de la mano y en el arranque de los dedos se queda ahí, en la palma de las manos. Está bien, pero se queda ahí, porque los puños no se ocupan ni del anverso de la mano ni de la punta de los dedos. Y, por otra parte, los mencionados guantes Vquattro Design que sí que se ocupan completamente de la mano, incluyendo las puntas de los dedos. De la misma manera que los puños, los guantes los llevo en la mínima posición. 

El resultado ha sido estupendo porque, de los cuatro grados exteriores, ninguno de ellos ha conseguido entrar donde no debía. Atribuyo parte del éxito a los cubrepuños o guardamanos, que no quitan frío pero sí que quitan el aire, por lo que la sensación térmica es mejor con ellos que sin ellos. Me gusta llevarlos por eso, porque no son lo mismo cinco grados a noventa por hora dando directamente contra los dedos que cinco grados a noventa por hora que no dan directamente contra los dedos.

Lo de los pies ha sido otra cosa. He llevado las botas Panama Jack que me han demostrado muchas veces su eficacia calorífica. Lo que pasa es que no he podido utilizar esos calcetines especialmente invernales que cumplen su función antibalas porque ejercen presión y no está mi precioso dedo como para ser apretado.

Dice siempre Enrique que no, que solo manos y pies. Que solo manos y pies marcan la sensación de frío y que, salvando estos cuatro elementos, puedes rodar casi en cualquier circunstancia. Pero yo, a su teoría, le sumo el cuello, que es por donde entra el asesino carámbano que te jode la ruta. Yo digo que cuello, manos y pies.

Han sido dos horas de nada, pero ha sido una nada suficiente como para volver a pintar el miedo de azul, como para conducir sin muletas, como para cantar Sencillamente o como para pensar oracionadamente en el presente y, sobre todo, en el futuro. Bien están las nadas que sirven para perder el tiempo. Bien están las nadas que nadie ve salvo tú. Bien están las nadas que a nadie importan. Bien están las nadas.

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