El camino hacia la verdad da muchas vueltas

Siempre voy por los sitios más bonitos del mundo. Cada vez que voy a un sitio, ese sitio es el sitio más bonito del mundo. Realmente lo pienso. Me es divertido ver que, cuando digo esto, la gente piensa lo que piensa, pero es que esa M-130, o la carretera que sale de Riaza hacia Condemios, o la subida al Alto Rey por el norte… Nada puede hacer sombra al norte madrileño, nada puede hacer sombra al norte alcarreño y nada puede hacer sombra al compañero de ruta que me agencié. En realidad, a Enrique le tengo engañadito porque no repara cuando se nos ocurre salir a perder el tiempo por ahí, a no hacer nada, solo a rodar, a sentir, a respirar, a hablar de nada, a hablar de algo, a buscar certezas, a buscar incertidumbre. Como la propia ruta de ayer, el camino hacia esta verdad preciosa también da muchas vueltas, porque sí que se puede ir -y acortar camino- desde La Hiruela hasta Majaelrrayo, lo que pasa es que esa carretera comprende la Muralla china de Guadalajara y yo no estaba dispuesto a pasar por ese trance. Enrique no cayó en la cuenta, pero yo estuve horas de ordenador buscando la manera de no pasar por ahí para llegarnos desde el Mirador del Mallorquín hasta el Alto Rey sin pasar por caminos de tierra. El resultado fue una gran vuelta, una enorme vuelta adornada por la guinda de Riaza y por otras guindas obtenidas por pura serendipia. Ahora que Enrique lea esto me dirá cuatro cosas, supongo.

Y es que no sé circular bien. Tampoco sé circular por tierra. No sé ir muy deprisa ni sé ir muy despacio. Cuando el suelo no es asfalto limpio la inseguridad se me apodera como se me apoderó el otro día en Portugal. Bajaba yo por una calle curva y empedrada. Un empedrado de esos, resbaladizos, o que a mí me parecen resbaladizos. La pendiente era pronunciada o a mí me lo parecía. Otra calle se incorporaba por la izquierda y por esa otra calle venía un utilitario que se metía sin ceder el paso. Frené con el freno delantero y con el trasero. Creo que no resbalé porque el ABS delantero entró a funcionar, pero hubo un momento en que tuve que quitar el pie derecho del freno trasero porque tenía que ponerlo en el suelo, claro. En ese momento de parar, con la inercia en el cuerpo y en la moto, perdí el equilibrio hacia la derecha y, en el momento de detenerme, la moto ya caía hacia ese lado. Tanto caía que los bomberos de la agrupación que había a unos metros dejaron los bocadillos y las latas y adoptaron el gesto de ir a levantarse porque veían una secuencia en cámara lenta que iba a acabar conmigo en el suelo. Con el pie derecho ya en el empedrado y con la moto hirviendo a menos de noventa grados mi cuerpo se puso en marcha él solito. Sin yo decírselo, los brazos se tensaron y las piernas se tensaron pero los músculos no se rasgaron y compraron fuerza inmediata suficiente para tomar esos doscientos veinte kilos más los kilos de la inercia más los kilos del cabreo con el del utilitario más los kilos de los posibles daños, y no me caí. Hice así y recuperé la verticalidad. 

Mientras tanto, el tipo del utilitario, que había parado unos metros más adelante, sacó la mano por la ventanilla y los bomberos de la agrupación volvieron a su conversación sobre vete tú a saber qué. Yo terminé de recorrer lo poco que me quedaba de cuesta y paré doscientos metros más allá. Aproveché esa parada para acordarme de la familia del tipo del utilitario. La verdad es que no sé conducir bien y en cuanto se presenta una circunstancia con la más mínima complicación, las cosas se me lían y eso me produce miedo e inseguridad. Y sí, me planté en el final de la N-222, en Almendra. Solo recorrí unos kilómetros de esas deliciosas curvas enlazadas de esas que coreografían el vals del Danubio Azul que se llama Duero. Curvas de ochenta por hora a izquierda y derecha entre caseríos y quintas y balcones a los valles. Las legiones de girasoles esqueléticos calcinados por el sol los que, firmes, se inclinan al paso del viajero al que no pueden ni saludar, dieron paso a un mar de alcornoques centenarios que tapizan el centro portugués y que adornan, junto a grandes viñedos perfectamente tiralineados, las riberas del Duero. Allí, en las riberas del Duero, en las Arribes del Douro, vi de nuevo que el camino hacia la verdad da muchas vueltas. La verdad del campo, de la gente humildemente portuguesa que labora los festivos, la paciencia de las vides que lloran al sol por un poco más de calor.

El miedo a rodar por caminos de tierra también lo tengo, que ya lo he dicho. Ayer mismo me empeñé en que no hacía el tramo final de la ascensión al Alto Rey. En ese momento preferí una asunción divina a una ascensión propia porque me dio un ataque de pánico. Mientras Enrique subió y bajó varias veces con su moto -y con la mía- yo ascendí caminando. Cuando llegué a lo más alto de arriba (insisto, Galdós), me di cuenta de que, inconscientemente, había estado escaneando con la vista el estado del camino, y decidí que sí, que lo iba a subir. Y así lo hice. Bajé a por la moto, pedí silencio a mi compañero y subí los tramos alternos de arena, grava y piedra. Sé que tengo moto de sobra para hacer ese camino y muchos más caminos pero lo que no tengo es pericia ni disposición. Lo que tengo es miedo a caerme y a que la moto se rompa y a que yo me rompa. Es eso, simplemente tengo miedo.

Cada vez que cojo la moto siento miedo y cada vez tengo que pasar por encima de ese miedo para darme un paseo. Y si es un camino de tierra lo que siento es pánico porque noto cómo la rueda delantera baila, y no puedo con eso. Ayer, en la cima del Alto Rey, pasé por encima de mí, de mi miedo, de mi pánico. Es curioso cómo observo que pasar permanentemente por encima de mí mismo no me hace crecer ni hace que cada vez tenga menos miedo a hacer ciertas cosas, por lo que deduzco que, en mi caso, el miedo es algo estructural y no coyuntural. La verdad es que soy miedoso y por muchas vueltas que le dé a ese asunto, nada me dice que no sea así. El camino hacia esta otra verdad también da muchas vueltas: las vueltas que das para rodear el manto de armiño del Alto Rey por el norte y por el sur, la verdad del olor a jara y a mierda de vaca, la verdad del corzo que se siente violado en su bosque santo.

Y claro, enseguida vienen las preguntas: ¿Dónde está la verdad de las cosas? Si yo digo que soy un buen motero, ¿soy un buen motero? Si todos dicen que soy un buen motero, ¿soy un buen motero? Si yo digo que soy un mal motero, ¿soy un mal motero? Si todos dicen que soy un mal motero, ¿soy un mal motero? Si yo digo que soy un buen profesor, ¿soy un buen profesor? Si todos dicen que soy un buen profesor, ¿soy un buen profesor? ¿Quién da el carné de buen motero? ¿Quién da el carné de buen profesor? Si yo digo que soy una cebra, ¿soy una cebra? Si todos dicen que soy una cebra, ¿soy una cebra? ¿Quién nos dice la verdad de las cosas? ¿La digo yo, la dices tú, la decimos todos? Si digo que tengo miedo, ¿tengo miedo? Si dices que no hay que tener miedo, ¿no hay que tener miedo? Porque el camino hacia la verdad da muchas vueltas. 

Lo que es la verdad y lo que no es la verdad. La verdad y lo que no es cierto. Lo que es y lo que no es. Un dialogo al estilo de Parménides nos podría ocupar unos cuantos folios para no llegar a ninguna parte a no ser que te quieras dar un golpe con la realidad, claro. Si te quieres dar ese golpe, ya sabes, vete “a la clase del Dr. Tilly, que imparte filosofía al fondo del pasillo” (Indiana Jones). Porque yo no conozco mucha gente que busque la verdad. Creo que es un asunto que, hoy en día, no le interesa a casi nadie salvo a mí y no sé si a ti, amigo lector. El camino hacia la verdad seguirá dando vueltas, supongo.

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