Este cuarto es muy pequeño para las cosas que sueño

El asunto se me ha escapado de las manos. Se me ha escapado porque han sido seis horas de ruta y yo contaba con la autotraición que he practicado en los últimos tiempos. La autotraición consiste en que planeo una ruta y luego hago otra cosa, o la acorto, o la amplío, o me doy la vuelta y vuelvo a casa, que es lo más importante, o me paro y recalculo por dónde ir ahora, o yo qué sé. Hago cualquier cosa y, por alguna extraña razón, siempre sale bien y, al final, me suelen salir rutas excelentes de acuerdo con mi propio gusto, claro. Seis horas de reloj congelado a trece grados que han acabado en veintitrés. Tiritando. Es curioso porque me ha pasado lo que me ocurre a veces. Voy bien abrigado y, por alguna razón, en algún momento, de pronto, de repente el frío se me mete hasta el culo y ya no sale en todo el viaje. Pues hoy me ha pasado eso.

Me voy a los sitios porque mi cuarto, de vez en cuando, se vuelve pequeño para las cosas que sueño. Se hace chiquitito y no quepo. Por eso me largo. Y es que hoy quería conocer un pueblo que se llama Modamio, quería entrar en la ermita de San Miguel, la que está al pie del castillo de Gormaz, y ver el castillo de Caracena. Modamio es un pueblo con cuatro habitantes y una iglesia que habla y que dice lo siguiente:

Yo, iglesia de Modamio, te quiero contar que he pasado en estos últimos treinta años la peor experiencia de mis ochocientos años de vida y de historia: creí que ya no existía el tiempo; que se había parado para siempre el reloj de pared en la casa del abuelo, que nadie respiraba a mi alrededor. Desde la soledad de mi campanario llamé a mis seres queridos del cementerio. Solo el viento, azotándome sin contemplaciones, solo el agua, destrozándome por fuera y por dentro, me hacían despertar, pero ni siquiera el sol de agosto, cubriendo todo mi ser, me hacía revivir.

Pero un buen día, como si de un rayo de esperanza se tratara, oí voces en mi interior, pisadas en mis bóvedas, miradas transparentes que cruzaban mi intimidad, y sentí un gran cosquilleo. Descubrí la sonrisa de mi campanario, el movimiento pendular de mi veleta, la puerta de entrada bailando sin parar sobre su quicio. Abrí mis ventanas y por ellas proclamé mi alegría a voz en grito: ¡estoy viva! (Iglesia de Modamio, aquí y ahora).

Algo hicieron, algo restauraron, pero el frío, la soledad y la comodidad acabaron espantando a la gente porque nos gusta el calor y la compañía, dejando la iglesia y el pueblo a merced del viento frío de las tierras de Soria. A la iglesia de Modamio le pasa lo que a mí, que su cuarto es muy pequeño para las cosas que sueña.

La ermita de San Miguel estaba cerrada, como la otra vez. Es una ermita románica pequeña y, por lo que he leído, conserva preciosas pinturas, pinturas catequéticas y alegóricas. Pero claro, como estaba cerrada, como la otra vez, me he quedado sin conocerlas, así que he subido a conquistar de nuevo, en nombre propio y ajeno, el castillo califal que sigue contemplando el paso de la humanidad impertérritamente, como si Abderramán acabara de marcharse. A las pinturas de la ermita de San Miguel, seguramente, les parezca que su cuarto también es muy pequeño para las cosas que sueñan, porque no cuesta mucho trabajo que los lugares de interés artístico y cultural permanezcan abiertos en momentos coincidentes con el ocio de las personas. No debe ser difícil, no.

El castillo de Caracena me he quedado sin conocerlo. Por eso no tengo noticia de si el tamaño de su cuarto es adecuado. Me he quedado sin conocerlo porque, llegando a Caracena, el pueblo, el telefonino ha dejado de funcionar. No se apaga, no se enciende, no tiene cobertura, Google Maps se congela. El telefonino desfallece porque su cuarto es muy pequeño para las cosas que sueña. He parado, he visitado el pueblo y me he cepillado parte del sustento que llevaba en el maletero (perdón, en el top case). Ha sido sacar el alimento y la navaja y aparecer veinte buitres a darme los buenos días. Ha sido un espectáculo estar sentado en el barranco del Caracena, el río, y ver a esos carroñeros mirar de reojo el chorizo de Toro, el pueblo, y dar vueltas circulares hasta que se han debido de dar cuenta de que su cuarto era muy pequeño para las cosas que soñaban. 

Me he sentido perdido, me he sentido débil, me he sentido miedoso porque no sabía para dónde tirar. Una vez comido, fotografiado y biológicamente aviado, no he sabido qué hacer. Había entregado la llave de mi memoria al maldito telefonino y a Movistar y no tenía en la cabeza el perfil de la ruta. En ese momento mi decisión ha sido volver por donde había llegado. Ahora, en casa, veo que me he quedado a medio suspiro del castillo y veo que he hecho más kilómetros de los que hubiera hecho si no hubiese fallado la tecnología.

Me he sentido perdido, me he sentido débil, me he sentido miedoso. Perdido en España, en la provincia de Soria, a cien kilómetros -mal contados- de mi casa. Débil y sin recursos porque no me había metido en la cabeza, al menos, la macrodirección de la ruta. Miedoso porque nadie me oía. Todo esto me ha dado qué pensar. Y he pensado que nunca me ha asustado perderme, no suelo sentirme débil ante las cosas y solo tengo miedo a rodar sobre tierra. Y sé que este exceso de carencias de hoy viene como reflejo de lo que nos pasa como sociedad, que se mete en casa, que no sale, que amontona alimentos en la despensa, que circula por autovías, que no pasa frío, que no sale sin el móvil, que van detrás de los otros, que ven la misma tele y escuchan las mismas noticias, que se conforman, que se enferman, que no se confirman, que miran al Estado esperando el agua de mayo, que miran al mundo por el prisma de Putin, que piensan en su bolsillo por el agujero del Euribor, que intentan quitar el vaho del cristal de la verdad.

Amigo lector, sé que cada día necesito ocupar más espacio, sé que cada día crezco por varios sitios, sé que cada día percibo más cosas; sé que, según pasa el tiempo, elijo las cosas que quiero que entren, sé que, más a menudo, perfilo con mimo las cosas que salen; sé que me extiendo, sé que este cuarto es muy pequeño para las cosas que sueño.

Aire (Mecano):

Una noche de resaca, al tratar de despertar, noté que por el ombligo me empezaba a desinflar, que mi cuerpo se arrugaba como un papel vegetal e iba pasando, qué curioso, al estado gaseoso. Y tras la metamorfosis me sentí mucho mejor. Era un aire gris oscuro y con bastante polución. Se notaba, en cualquier caso, que era aire de ciudad que, si bien no es el más sano, lo prefiere el ser humano.

¡Aire! Soñé por un momento que era aire: oxígeno, nitrógeno y argón sin forma definida ni color. Fui aire volador.

Como yo soy muy consciente -hasta en esta situación- decidí ser consecuente con mi nueva dimensión y probé a ser respirado por la que duerme a mi lado. Sin entrar en pormenores yo sé hacer cosas mejores. Como no me satisfizo la experiencia sexual se me inflaron los vapores, me convertí en huracán, di unas tres o cuatro vueltas y a la quinta me cansé. Este cuarto es muy pequeño para las cosas que sueño.

Y lo siento por mi novia y el cristal que me cargué. Me escapé por la ventana y en picado me lancé, pero tuve mala suerte y, cuando iba a remontar, me volví otra vez humano. No faltéis al funeral.

Embalse de Alcorlo
Embalse de Alcorlo
CM-1005
CM-1005
Iglesia de Modamio
Iglesia de Modamio
Castillo de Gormaz
SO-P-4126
Iglesia de Santa Maria de Caracena

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