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No lo he podido evitar. Tenía que estrenar las nuevas botas y ver si es cierto eso de que se puede tranquilear en el mes de enero sin congelarse los pies. Y sí, se puede. Se puede perfectamente. Para ello he hecho una de mis archiconocidas superminirutas, en este caso, la 53 (por su kilometraje). Tórtola de henares, Monasterio de Sopetrán y Torre del Burgo, Cañizar  y Torija. La vuelta, como casi siempre, por la autovía. Me gusta volver por la autovía. La temperatura, a pesar del sol, ha sido muy baja durante todo el trayecto y una vez más he encontrado largas lenguas de hielo en las carreteras umbrías que corren cerca de la N-II, donde no da el sol en todo el invierno. Y, de nuevo, se me ha dado bien, circulando a 30 y 40 km/h, eso sí. Me ha encantado el paisaje, ya conocido de otras muchas ocasiones. Un paisaje castellano, duro, profundo, que deja rastro de tierra de tractor sobre la calzada. No a todo el mundo ha de gustar este tipo de verduta áspera y fría, de olivos rubios que brillan al poco sol del invierno y de cárcavas profundas que ahogan la tierra, pero a mi me parece muy atractivo por lo que tiene de llamador de soledad.

Ha sido solo un rato, ha sido solo un paseo, de los más cómodos que recuerdo, enfundado en mis cueros. Ha sido un rato para pensar en mis cosas, en el futuro y en la gente que quiero. Solo ha sido eso.

Mapa de la Ruta 53.

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Autorretrato, o mejor dicho, selfie de mi pie izquierdo.

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Detalle de la suela de la bota Sendra.