El modo enduro

En modo enduro he puesto la moto y ha dejado de rebotar. Por arte de magia, en esa carretera diurética, la M-130, he puesto el modo enduro porque el asfalto nuevo que la cubrió hará un par de años o tres tuvo como componente el electoralismo y no la seguridad vial, seguro. Es de esos firmes que han cubierto perfectamente pero que parece que se les olvidó pasar la apisonadora o lo que sea.

Lo cierto es que la BMW ha empezado a botar al poco de tomar esa curva a derechas, subiendo el repecho, en el nacimiento de esta preciosa vía ahí, justo en Robledillo de la Jara. La carretera queda abierta al caminante, al ciclista, al motero y al de la furgoneta blanca y veloz de gremio tempranero. Porque no eran las ocho de la mañana cuando he puesto el modo enduro y la moto ha dejado de rebotar para convertir la ruta en algo suave y verticalmente sinuoso. Y es que la F750GS tiene un modo de conducción, que no sé en qué consiste que, si lo pones, ella se encarga de resolver ciertas cosas. Funciona como un abogado. Tú le dices por dónde y él se encarga de gestionar las cosas para que la vida sea más mullida de lo que sería sin él. Pues con esta moto pasa eso, que tiene tecnología en la suspensión, en el frenado, en la aceleración, en la tracción, tiene tecnología que hace que puedas ir a lo tuyo sin andar distraído en cosas que, en realidad, no te interesan, porque es mucho más atractivo el paisaje que el Señor de los paisajes se marcó aquí que las mierdas de las vacas que pisas, que he pisado unas cuantas. Siempre pisamos mierda de vaca.

Un frío terrible en la mañana de agosto a 1636 metros sobre el nivel del mar en el Puerto de la Puebla. Una nube tan canalla como enorme que se empeñaba en protagonizar ese rato de gloria bendita. Un aire gélido que rivalizaba con los puños calefactados y con las Sendra. La ruta por la M-130, que no era ignota para mi, es una de las desocupaciones más bonitas que hay en la Comunidad de Madrid. Ahí, en esa carretera, es donde se me gastó todo el miedo hace ya un tiempo. Y hoy, con las Sendra, el enduro y toda la mierda de vaca que he venido pisando, no he tenido más cojones que elevar una oración de agradecimiento al Dios de los moteros buenos por mi vida y la de los míos y por las oportunidades y por los teléfonos y por los amigos, y por ese paisaje y por esas curvas y por esos miedos y por el frío, y por la mierda de vaca. Y por el modo enduro.

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