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El río Jarama

Ayer quise organizar una salida de un rato a El Atazar pero, a veces, la vida puede más que los sueños. Aun así, me fui. Me fui al embalse de El Atazar, destino conocido y recurrente de cualquier motero del centro de España. Un día soleado y fresco que se transformó en un día soleado y caluroso. El pertrecho casi invernal me empezó a sobrar a la llegada al embalse.

Ochenteando por la N-320 me sorprendió una moto de colores que me pasó como una exhalación. No la vi venir y me adelantó. Inmediatamente el resto de la manada de motos coloreadas pasó por encima de mí. Fue un susto de esos que te dejan encogido, como cuando vas en el coche y pasas un cambio de rasante.

Mi tranquileo seguía adelante. Al rato, un coche me dio las luces y con el brazo por fuera de la ventana el conductor gesticulaba pidiendo prudencia. Tras la curva, la moto que me había sorprendido estaba en el suelo y el piloto también. El resto de sus compañeros y otros coches asistían a la situación, por lo que no vi necesario parar. La ambulancia ya estaba llegando. Para mí que fue exceso de velocidad.

Al embalse le faltan veinte o veinticinco metros de agua. La tragedia de la sequía se deja notar en el norte nortísimo de Madrid donde nunca faltó el líquido elemento. El perfil de la presa cambia y se adapta a esas curvas de nivel que aparecen dibujadas en los arenosos costados que quedan al aire. No pierde belleza pero pierde esperanza. Yo estoy seguro de que el Encargado se ocupará de este asunto.

Hice la ida por Torrelaguna, por esa carretera fresquita que sube camino de El Berrueco. Muy poca gente, muy pocas motos. Un Hyundai que se creía el rey del mundo me pasó dos veces. Dos veces! En ese momento pensé que el rey del mundo era yo y no él.

A la vuelta, que hice por el Pontón de la Oliva, vi una manada de enormes buitres que circuleaban ahí arriba mientras afilaban sus plumas para el banquete dominical. Me encanta ver todo tipo de aves. Lástima que nunca llevo los prismáticos. Más abajo vi que el Jarama se ha peinado a raya y se ha teñido el pelo de amarillo para esta nueva temporada que ahora comienza. Precioso ruido metido en cintura por una legión de árboles alanceolados que le dicen lo que tiene que hacer.

Tres horas nada más. Tres horas nada menos. Ida fresca y vuelta calurosa. Solo y solamente. Con mi hierrecito. En la gloria. Tres horas perdidas que no van a ninguna parte. Tres horas solo mías pensando en los míos, en mi familia, en mis amigos y en mis conocidos.

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La Cabezota
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El embalse de El Atazar